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martes, 22 de mayo de 2018

¿A dónde iremos nosotrxs?


Y de pronto la ciudad luce vacía. Las noches urbanas se van decolorando en cierto aullido solitario, la ciudad se va desmoronando y se va quedando solita como desprendiéndose de ella misma. Las protestas, las huelgas, las marchas, el derribar de las lucecitas de neón que aplastan cuerpos, que besan la sangre y las fugas y las balas, los gritos y los pitos.

En esa soledad de invierno, en esa locura solitaria que envuelve en una revuelta de fríos a la ciudad, ahí el grito de las locas, del cuerpo de las locas en medio de otras voces. Ahí en la manada, travistiendo sus deseos, deseando sus travestismos, acuerpándose, disolviéndose, gritando, siempre gritando con esa altivez con la que solo las locas gritamos. Esos gritos que hemos aprendido en la noche, en el salvarnos el pellejo en los lugares de cruising, en el salvarnos el pellejo contra el estado nación, contra las violencias de todos los días, contra la iglesia, contra los poderes, con las locas que acomodan el culo en el financiamiento internacional. Esos gritos que hemos aprendido en nuestras revoluciones cotidianas hoy también se toman las aceras de uno u otro lado.

Es que fíjese compa que sin las locas tampoco se puede hacer la revolución. Nosotras hemos puesto la cuerpa en la lucha. En las luchas del cotidiano y en las grandes luchas que han marcado la historia del país. La montaña sin duda era algo más que una inmensa estepa verde, era ese beso en los cortes de café, era cocinar para los BLI, era pasar correos, pasar bombas camufladas, era meterse en la casa del obrero y matar al dictador aunque eso nos valiera la vida, era salir a las calles y hacer protestas universitarias, era hablar con la gente y tratar de convencerla. La montaña era también ese acuerpamiento en los años más duros del SIDA, era exigirle al cardenal que le bajara el tono a sus homilías, que esto del VIH no era solo de las locas, era enfrentar el código procesal penal y disimular la cochonada para no terminar presa, disimular las plumas en plena democracia.


AVISO: trasladé el blog a wordpress continuar leyendo en

 https://cronicasdelaciudad90.wordpress.com/2018/05/22/a-donde-iremos-nosotrxs/

jueves, 29 de junio de 2017

Nuestras memorias, nuestras revoluciones: Nicaragua otra hora cero.

El 28 de junio de 1969 en el bar newyorquino Stonewall Inn la voz desgarradora de una mujer trans de ascendencia latina gritaría: Gay Power!. Con este grito Sylvia Rivera iniciaría una serie de sucesos violentos que llevarían a la libertad del movimiento LGBTI en Estados Unidos. El eco de esa mujer trans pariría diversos grupos que hoy se toman las calles cada 28 de junio para celebrar el orgullo de ser diferentes. En Nicaragua un primer suceso de nuestra historia reciente que marca la lucha de nuestra diferencia es el asesinato de Anastasio Somoza García en 1956 por manos de Rigoberto López Pérez, pues aunque en la historiografía oficial no se asuma a este como homosexual es un secreto a voces que el poeta leonés mantuvo relaciones amorosas con Rafael Corrales. Este suceso marcaría la hora cero de la lucha del deseo diferente. 

Durante los años 60 y 70 la dictadura somocista construyó un discurso que criminalizaba a la homosexualidad. Muchas locas y lesbianas fuimos encerradas en las cárceles y exhibidas en el periódico Novedades como deshonrosos criminales. Sin embargo, el gay power vino siempre desde abajo. En las calles tuvimos mil y un nombres conformando un alfabeto cochón barroco que se fundía con las memorias de nuestras ciudades. En Managua nos hicimos llamar: la Anita del Mar, la Chanel o Chanela, la Guillermina, la Rana Murillo, la Reina del Twist, la Peruana, la Lucero, la Negra Selina y la Selinita, la Piel Canela, la Gallina, La Reina de los Tártaros, la Bamba, la Venada, la Rocío, la Flor, la Sondy Gay, la Chinita Bonita o la Chinita Gay, la Giorgina, la Carmen Belanllevis, la Chacha, la Lucha Maldita y  la más importante y popular: la Sebastiana que junto a La Caimana formarían dos referencias indisolubles de aquella ciudad. También aparece en este desfile de nombres la cara de la dictadura somocista: Bernabé Somoza Urcuyo, hijo de Luis Anastasio Somoza Debayle e Isabel Urcuyo, Bernabé o la Barnabi. La elite también toma rostro y forma en los nombres de Carlos Manfut, Jimmy Tefel, la Conny Mercado y Elvir Espinoza mejor conocido como la Elvira. Y en esta época una ciudad letrada cochona aparece travestida en la cultura nacional: José Debb Mcnell, Alberto Ycaza, Omar DLeón, Rolando Steiner y Leoncio Saenz, son algunos de los artistas fundamentales que lograron sobrevivir al discurso que criminalizaba nuestros afectos. 

Nos sumamos a la lucha clandestina en contra de la dictadura somocista mientras en américa latina se conformaban grupos de libertad sexual. Nosotras nos sumamos a la efervescencia revolucionaria y después del 19 de julio de 1979 aplaudimos en las esquinas los discursos del Hombre Nuevo, alimentando con nuestras pestañas falsas los ideales de una opción diferente, de una opción nuestra. Sin embargo, nuestra diferencia empezó a ser vista como un mal somocista, un mal que atentaba contra el futuro del Hombre Nuevo. No obstante algunas de nosotras pudimos insertarnos en espacios artísticos e incluso subimos al escenario gubernamental. Muchos artistas homosexuales engrosaron la militancia de aquellos años y la comandante Dora María Téllez sería el más alto símbolo lésbico de nuestra historia revolucionaria. Y también fuimos al servicio militar a defender los intereses de la patria rojinegra. Entonces en 1987 vino la marca del SIDA. Algunos empezamos a morir por la pandemia rosa y otros nos organizamos alrededor de la comandante ministra de salud y empezamos a construir colectivos clandestinos como forma de contrarrestar lo que hoy se recuerda como los años más duros del cáncer rosa. En esa década justo en 1989 homosexuales y lesbianas hicimos presencia pública en lo que sería, al menos simbólicamente, nuestra primera marcha del orgullo. En el décimo aniversario de la Revolución popular Sandinista se vió desfilar a 50 homosexuales y lesbianas con camisetas negras y triángulos rosados. Era la hora cero para hacernos visibles y mostrar opciones aparte del Hombre Nuevo. 

Y vino la paz, la democracia, el neoliberalismo con su discurso de borrón y cuenta nueva. Y mientras la presidenta ascendía los brazos al cielo en sinónimo de victoria nosotras fuimos criminalizadas con el artículo 204 del código procesal penal, el artículo contra la sodomía. Esa óptica del Estado hacia nuestras diferencias más la propagación del virus nos hizo colectivizar con más fuerza las luchas. Aparecieron entonces asociaciones fundacionales que abrirían paso a lo que vendría después: Xochiquetzal fundada por las lesbianas feministas Hazel Fonseca y Mary Bolt González y Nimehuatzin dirigida por Rita Arauz. También aparece SHOMOS, Nosotras, el Grupo por la Visibilidad Lésbica, Puntos de Encuentro e Ixchen. Por su parte Sergio Navas activista homosexual puso las bases en ASONVIHSIDA continuando las demandas de las personas vih positivas. Gracias a los esfuerzos colectivos diversos espacios abrían sus escenarios a nuestras voces. Entre ellos el Centro Cultural Coro de Ángeles en donde se llevó a cabo el primer festival cultural LGBTI. Mientras tanto el ministro de educación Humberto Belli tildaba los planes de educación sexual como moralmente repugnantes y comparaba nuestros afectos con el sexo entre animales. Mientras tanto la iglesia católica en sus homilías arremetía contra los “sodomitas” y exponía que el vih era la paga del pecado. Era la hora cero para colectivizar nuestras luchas. 

Hoy celebramos la doceava marcha del Orgullo LGBTI. Sin embargo, nuestras memorias develan un período largo de luchas constantes. Es la hora cero para darnos cuenta que sin feminismo no hay orgullo, que sin sororidad no hay orgullo, que si no terminamos con la lesbo, homo, transfobia dentro de nuestro movimiento no hay orgullo, que si no visibilizamos el orgullo bisexual e intersexual no hay orgullo, que sin posicionamientos críticos no hay orgullo. Es la hora cero para pensarnos desde nuestras diferencias y saber que no somos una maza comerciable ante el financiamiento internacional, que somos más que siglas, que no somos homogéneos y que tenemos demandas diversas, que somos sujetos y sujetas capaces de ser libres. Es la hora cero para dejar de resistir y asumir el escenario político para subvertir el presente y avanzar hacia el futuro.


Nota: Este discurso fue leído en el acto central de la 12va marcha del orgullo LGBTI en Managua. 28 de junio de 2017... llueve.

sábado, 4 de abril de 2015

Cartografía del deseo: Managua, espacios en fuga

La memoria maricola es tan frágil en el cristal de su copa vacía, su vaga historia salpica la ciudad y se evapora en la lujuria cancionera de su pentagrama transeúnte.
Pedro Lemebel

Como un punto y aparte nosotras, las locas revoloteadas en aires citadinos, hemos construido una historia paralela en esta geografía urbana. Muchas veces camufladas en la noche diseñamos nuestros propios espacios al margen de la historiografía ortodoxa de la capital: Managua. Y hemos sido espacio de convergencia silenciosa, pues nuestras propias fronteras han estado siempre abiertas a los ciudadanos que insatisfechos de su discurso heteronormado han decidido, por cinco minutos, entrar en nuestras soledades.

Así hemos construido nuestros espacios en fuga, nuestra propia ciudad inventada en medio de escombros, madrugadas, tacones baratos, hombres de una noche, hemos construido nuestros espacios en fuga a través de las divas que nunca seremos, de los besos que nunca tendremos, del pódium político al que nosotras nos hemos negado. Nos hemos fugado para construirnos a nosotras mismas.

Y disculpe querido lector o lectora si le ofende que me cambie el género y diga ELLA en vez de EL, pero acaso usted en algún momento no nos ha cambiado el Carlos por Carla, el Juan por Juana y el José por Chepita, haciendo una inflexión en la voz que remeda un gemido borroso. Solo hago la aclaración para que no me tilden de loca irreverente que transgrede los derechos de otras en una suerte de quebrantar los márgenes de la discriminación y las buenas normas ciudadanas.

No podría a ciencia cierta decir desde cuando empezamos a ser vistas en la flora citadina de la ciudad, pero en la Managua de antes del terremoto del 72 quedamos para siempre ubicadas dentro de la memoria de la “urbe” que nunca volverá a ser. Aparecimos en las cantinas más famosas del antiguo centro: “El lago de los cisnes” que fue renombrado como “El Charco de los Patos” por nuestra concurrida audiencia, nos fuimos a “La Baranda”, “El Pingüino”, “El Pez que Fuma” y en la avenida Roosevelt merodeábamos de sur a norte esperando a que algún transeúnte solicitara nuestros servicios sexuales. También fuimos buhoneras, gente de negocios, de la calle, vendedoras itinerantes que alimentaban la economía del cotidiano.

Tuvimos, en aquella Managua, mil y un nombres: La Sebastiana, conocida por vender frescos en el oriental y en la calle 15 de septiembre, conocida por sus incomparables ojos azules. La Anita del Mar que llegó a convertirse en la enfermera oficial de los barrios aledaños al Parque Bartolomé de Las Casas, con su caja de inyecciones y un pavonearse ágil. La Chanell o Chanela vendedora de perfumería y cortes de tela. La Guillermina que ocupaba una posición privilegiada al ser la administradora de “El Charco de los Patos”  o Roberto Rapaccioli dueño de la “Tortuga Morada”, bailamos en el “El Mandrake” bajo el nombre de La Reyna del Twist o como La Peruana. Hasta la dictadura somocista tenía una representación en nuestra geografía nocturna: Bernabé Somoza Urcuyo, hijo de Luis Anastasio Somoza Debayle e Isabel Urcuyo. Bernabé fungía como motor económico de muchos de nuestros negocios.

Nos fuimos construyendo nuevas identidades, travistiendo los nombres originales puestos en el seno de la familia, nos fuimos reorganizando y reagrupando bajo la cartografía de la feminización múltiple producida por ser la cara visible de la homosexualidad: El Cochón. Vino entonces el terremoto y hubo una fractura en la materialización de nuestros espacios. Digo fractura porque al final ocupamos los mismos lugares, pero ahora hechos escombros.

Nos sumamos a la efervescencia revolucionaria con nuestras espaldas empinadas hacia el futuro, aplaudiendo en las esquinas los discursos del hombre nuevo, alimentando con nuestras pestañas falsas los ideales de una opción diferente, de una opción nuestra. Algunas de nosotras pudimos insertarnos en diferentes ramas artísticas, ya no nos sentíamos las mismas marginales, ahora éramos dueñas de nuestro propio escenario. Desafiábamos la gravedad de los aplausos en cada giro, en cada actuación, en cada lienzo pintado, en cada libro publicado, fuimos copando los espacios para el arte, pues más que nadie nosotras sabemos construir ficciones para respirar el aire puro del mañana, ocupamos espacios artísticos e incluso subimos al escenario gubernamental. Entonces vino la marca del SIDA y volvimos a ocupar los lugares al margen quedando en la memoria como grandes artistas, ahora de rostro borrado en las esquinas de los hospitales.

Y cuando vino “la paz”, cuando llegó la revolución democrática como máquina arrolladora de memorias, nos recluimos en los escombros de la ciudad y en los nuevos barrios que traía el plan de urbanismo de nuestra Managua. Pero nosotras locas y cosmopolitas trasnochadas decidimos quedarnos, en buena parte, alrededor del antiguo centro. Ocupamos el escenario del antiguo cine Alcázar, que nos lo demolieron en el 94, y ahí nos pensábamos reinas como la Sara Montiel.

Casi en medio de aquel antiguo centro construyeron un faro que vendría a alumbrar nuestras noches desvalidas: El Faro de La Paz, que se convirtió en nuestra luz en medio de la oscuridad, pues nosotras y nuestros clientes nos mezclábamos en plena madrugada con el recuerdo de las armas enterradas. Aquel lugar nos sirvió de refugio, aunque aparentemente era solo un adorno en medio de todos los escombros circundantes. Un adorno que venía a materializar un ideal inalcanzable: la reconciliación.

Luego vino la nueva era, vino la tecnificación y concurrimos a las inauguraciones de nuevos centros comerciales, de nuevos espacios que nos servirían de refugio. Ya no éramos las mismas, ahora devenimos en locas jóvenes sedientas de cyber citas y encuentros casuales. Sedientas de encontrar en ese abrazo fugaz el hombre con quien compartir nuestros sueños. Y en el centro comercial ocupamos el baño como lugar de asedio, como espacio al margen donde no entran las señoras que compran todo, como espacio al margen donde la fuga se hace posible, donde el vigilante se hace el de la vista gorda y entra al juego por una mamada, el espacio en fuga donde la loquita de la secundaria se da cita con el tipo de la oficina, tipo de bigote y casado que le brinda un espacio breve a la delgada figura de su mancebo.

Y mientras en el Food Court los niños lamen sus helados, nosotras nos agachamos ágiles por la pared del baño, por la pared breve que nos separa del otro cuerpo, del otro inodoro donde nos espera sediento el brillante glande de cualquier desconocido.

También en nuestra memoria citadina hemos recurrido al cine, al arte del siglo XX, para hacer nuestra realidad un espacio más confortable. En nuestras memorias urbanas quedan para siempre inscritos el cine González, el Margot o el Salazar, nosotras habitamos y habilitamos espacios porno como lugares paralelos donde no hay fachadas, donde no hay frases hechas, ni posturas impostadas, todo es oscuridad y en la pantalla del Cine Trébol en Bello Horizonte, del Cine July en la Centroamérica o del Cine Palace de Cristo de Rey se proyectan películas en las que no importa la dirección de arte, ni la actuación de los protagonistas, de hecho ni siquiera importa la película, lo más importante para nosotras es que aquí todas somos iguales y no es inconveniente si a la salida nadie se conoce, es como que si nunca nos hubiéramos visto, todas sabemos las reglas del juego.

Entramos en ese espacio lúdico en el que estamos conscientes del placer como válvula de escape, porque aunque usted no lo crea querido lector o lectora a nosotras también se nos ha enseñado que cualquier hueco es trinchera y en medio del hedor a mierda, del incontenible olor a pinesol, del humo a cigarrillo barato y el satisfactorio olor a macho sudado nos convertimos en bestias sexuales, en máquinas sedientas del líquido blanco, del líquido puro que nos apacigua la noche.

Al rodar la película nuestras soledades se atenúan, no somos rechazadas como en el Grindr o en elchat.com por ser locas o porque se nos nota el cochonear, ahí dentro no importa. Y vamos a la captura de cualquier glande sacudido mientras la película muestra las brillantes tetas de Brittany o Sara o Lucy, vamos a la captura de la sífilis, del VIH, del herpes y es como si no nos importara, en medio de aquel lugar insalubre los gemidos producidos por el chupeteo de los labios sobre la cabeza del pene henchido de sangre son más importantes que cualquier cosa. Con ese chupeteo glande nos vamos llenando los huecos que nos ha dejado la vida, nos vamos llenando los atardeceres sin unos labios que besar, nos vamos construyendo un espacio desde nuestras mismas decisiones.

Y así transcurren nuestras vidas al margen, nuestras maneras de reinventarnos la ciudad desde otras aristas. Ahora con la nueva oleada de la lucha por los derechos del hombre y la mujer somos utilizadas como pantalla, como bandera en los incipientes desfiles del orgullo gay realizados en cualquier avenida de la ciudad, quizás ese día sea el único que nos queda para salir y gritar que “somos libres” que “tenemos derecho a la diferencia” y después nos vayamos a nuestras fronteras, mientras los organizadores del evento ocupan cargos travestis en las ONG y lucen sus camisas hollister con la gaviota tatuada en el pecho en signo de libertad o lucen sus camisas con el emblemático Polo gringo vendiendo sus culos al mejor postor, a la ideología que mejor le convenga, al donante que mejor desembolse.

Quizás sigamos de pie en la noche en el final de la Avenida Bolívar, ahí con nuestros tacones serenados a los pies del Hospital Militar , ahí luchándonos la vida en lo que fue la Avenida del Porvenir, la calle que sería sinónimo del progreso para nuestra ciudad.  Quizás nosotras mismas nos condenemos a seguir ocupando estos espacios como si el micrófono político nos fuera vetado de por vida, quizás nosotras mismas nos condenemos siempre a este margen. Tal vez nosotras las locas con tacones y lentejuela, seguiremos construyendo nuestra Managua gay, nuestros espacios en fuga.

miércoles, 16 de julio de 2014

Ella, la bomba y un barrio oriental.

Morirme yo? y por un bombazo?, vos estas como loco- así respondió ella, una mujer de cualquier barrio oriental de Managua. Tenía las manos raídas por los años, el cuerpo un poco desgajado por las tristezas de la vida, sin embargo conservaba en la mirada la luz del futuro.

Ahi viene el chiflido otra vez- decía ella mientras pasaba un avión,  liberaba la bomba en el aire y caía estrepitosamente sin nada que la pudiera detener. Era 16 de junio de 1979 y ella conservaba la ropa de sus hijos en un sábana envuelta como un motete. En medio de la ropa estaban, bien conservadas, las fotos de sus tres hijos, tres chavalos que se habían encausado en la lucha por la liberación.

Pues no! no me importó... la verdad nada más un poco por miedo que me los agarraran y me los mataran, pero sabes una cosa? yo no me quiero morir sin ver a ese jodido caer, sin ver a ese jodido irse, por eso a mí no me mata ni media bomba! por mis hijos te lo juro! y mejor metámonos a la zanja que ya viene la noche y empiezan los bombazos otra vez.

Rápidamente se metieron en la zanja ella y su vecino, eran los únicos que habían sobrevivido en aquellas dos manzanas, los otros vecinos habían quedado despedazados por algún estruendo fugitivo de alguna bomba fugaz.

En ese mismo momento el Congreso Nacional fue citado a una reunión de emergencia en el Salón Rubén Darío del Hotel Intercontinental, todos esperaban ansiosos las palabras del General. Ninguno de ellos podía creer que aquel día hubiera llegado.

Horas antes el General Anastasio Somoza Debayle estaba sentado frente a su escritorio en el mítico Bunker. Se sentía petrificado, no podía mover sus manos, sus piernas, la respiración apenas se movía y los ojos como gotas de plomo recorrían lentamente la planicie del escritorio.

Leía los informes de la Guardia Nacional donde explicaban brevemente la derrota en todas las ciudades del país, leía la carta de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la que explicitamente le retiraban el apoyo y lo presionaban para abandonar el poder, leía el comunicado del COSEP, las notas en los periódicos y en cada letra sentía el repudio de la gente, sentía el escupitajo de una nación, se sentía traicionado.

Sus manos destilaban sangre y sostenían su discurso final, mientras lo leía con cautela y precisión escuchaba tras sus lentes cuadrados el estruendo de las bombas al caer. Escuchaba el grito de su última táctica represiva. Al posar su vista en el punto final, pidió ser llevado hasta el Intercontinental.

Jodido! se me quedaron las paylas! traémelas por favor, es que esas me las regalo Juan, me las compró porque decía que ahí los frijoles fritos sabían mas ricos, traeme una, la redonda chiquita que tiene el agarradero de madera, esa traeme por favor - dijo ella metida en la zanja. Ya estaba todo oscuro y en la calle se respiraba silencio, mucho silencio. No habían chiflidos, ni bombas de 500 libras. Su vecino, sin mas remedio salio de la zanja con mucha cautela, pues escuchó un ruido extraño que parecía venir de la otra cuadra, entró hasta la casa, fue directo a la cocina y de pronto miró una luz que venía del patio y entraba por los hoyos de la pared.

El vecino sudó, una gota pesada empezó a recorrer su frente, tenía la payla en la mano, escuchó que alguien estaba en el patio, se dio la vuelta y lentamente comenzó a salir. Escuchó que no era una persona, eran varias, el hombre sintió el paso firme de la Guardia Nacional en el patio de aquella casa de cualquier barrio oriental de Managua, ahora sudó varias gotas pesadas que recorrieron su frente, se deslizaron por sus brazos y llegaron hasta la olla, abrió la puerta que lo conducía a la salida, a la zanja, a la calle y en ese mismo momento escuchó un estruendo de odio y metralla. Su cuerpo calló herido de muerte, la olla rodó hasta caer en la zanja y quedarse quieta, llena de sangre, a los pies de ella, que permanecía con los ojos abiertos y el motete metido en la boca.

El viaje de Somoza fue breve, pues entre el Bunker y el Inter no había mucha distancia. El General entró y de pronto al caminar por el pasillo hubo un silencio extenso de esos que no te dejan pensar, de esos silencios mortales que amontonan los pensamientos.

La gente en el Salón respiraba con nerviosismo, en sus caras se adivinaba una desgracia profunda. Las puertas se abrieron de par en par y con paso firme entró el dictador, el silencio fue roto por un estruendoso: Viva el General Somoza! Viva la Guardia Nacional!



El General Somoza Debayle estaba en el podium, las fotos y los flashes iniciaron su ataque, mientras las cámaras de video se sumaban a las miradas de todo el Congreso de Nicaragua, al fin el Hombre habló:

Honorable Congreso Nacional. Pueblo de Nicaragua:
Consultados los gobiernos que verdaderamente tienen interés en pacificar el país, he decidido acatar la disposición de la Organización de Estados Americanos y por este medio renuncio a la presidencia a la cual fui electo popularmente. Mi renuncia es irrevocable. He luchado contra el comunismo y creo que cuando salgan las verdades, me darán la razón en la Historia.

Firmado: A. Somoza, Presidente de la República de Nicaragua.


Esas fueron las últimas palabras de una dictadura que duró 43 años, la más larga de Latinoamerica. En seguida el General puso la banda presidencial al Ingeniero Luis Pallais Debayle, Presidente del Congreso Nacional, y este, al día siguiente, la colocaría en el hombro de Francisco Urcuyo Maliaño.

Sin más que hacer, ni decir, Anastasio Somoza Debayle se retiraba del Salón Rubén Darío entre abrazos y promesas de un cercano reencuentro. La pequeña cúpula lloraba la partida de su líder y temía por su futuro.

Ella sintió que amanecía, pues el sol entraba brevemente por el hoyo que tenía la zanja, vió la payla con sangre y la sujetó muy fuerte con su mano derecha, no escuchaba nada. Había pasado tantas noches metida en las entrañas de la tierra que a veces pensaba que se estaba volviendo loca, pero sus oídos no la engañaban. Salió de la zanja y vió el cuerpo de su vecino manchado de sangre y acera de barrio, a pesar de las tristezas había algo en el ambiente que le daba mucha tranquilidad.



Eran las 5: 00 a.m del 17 de julio de 1979, el dictador estaba sentado en su avión Lear Jet con destino a Homestead, Base de la Fuerza Aérea en el estado de Florida. En sus manos llenas de sangre sostenía el pasaporte No. 36072, Somoza pensaba en su regreso al país y en la estrategia mas idónea para recuperar el poder absoluto. Pensaba en una y mil maneras de cobrar su venganza.

Poco a poco las llantas del avión se movían, atrás quedaban 35,000 muertos, el gran pájaro de metal despegaba lentamente del suelo, atrás quedaban más de 100,000 refugiados, el avión gira y, desde los aires, Somoza observa por última vez el centro de la ciudad, atrás quedan los gritos y las bombas cayendo, atrás quedan los 40,000 niños y niñas refugiados, el avión se pierde entre las nubes y atrás queda un pueblo herido.

Ella estaba en el patio de su casa y las tres cruces de palo, que simulaban las tumbas de sus hijos, estaban quebradas, en el suelo habían rastros de botas militares. De pronto escuchó el ruido de un avión, pensó que vendría otro ataque, pero no hubo chiflido alguno. Esto está raro- pensó y fijando la mirada en el cielo buscó el avión y se dio cuenta que volaba alto y que no habría ningún estruendo. Tacho se fue- volvió a pensar, los ojos se le aguaron en deseos de gritar, los ojos se le aguaron en deseos de abrazar el cuerpo de sus hijos, los ojos se le aguaron en deseos de vivir.

Metió las manos en la tierra y lloró, lloró tanto que las manos se le volvieron lodo. Se fue, se fue y aquí estoy, por ustedes, por nosotros, por los que vendrán, aquí estoy- sollozaba mientras tomaba las cruces en una mano y se acomodaba el motete, con la ropa y las fotos, en la espalda. La mujer sujetó la payla en la otra mano y con mucha fuerza la golpeaba con un pedazo de cruz, con un pedazo de palo, la mujer salió del patio cargando con sus hijos, con sus ansias, con la vida, la mujer golpeaba fuerte la payla mientras decía: Tacho se fue! Tacho se fue!. La mujer caminaba por aquella cuadra de cualquier barrio oriental de Managua cargando a sus muertos y con los ojos llenos de la luz del futuro.