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lunes, 11 de diciembre de 2017

La Ronaldinho

Se murió la Ronaldinho. Así sin más, mientras mi barbero me cortaba el pelo me contó la historia o al menos lo que en el barrio se comenta. Me quedé impávido, viendo como caía mi pelo mientras en mi cabeza resonaba su imagen y aquella historia.

Ojalá esto fuera un escrito de ficción pero lastimosamente no lo es. La última vez que la vi fue saliendo del trabajo. Caminaba por las calles oscuras de batahola. La Ronaldinho cuatro veces lumpen para esta sociedad que mata: loca, travesti, muda y trabajadora sexual.

El barbero me cuenta que andaba en lo suyo. Se fue a trabajar con unos tipos, a darles placer. Uno de ellos bebió de más, la golpeó y de la paliza murió. El asesinato quedó impune como muchos otros que se suman a la lista. Lista invisible que al parecer se llevan los muertos.

El sistema social en el que vivimos mata a todo aquello que considera femenino y por ende débil. Muchos crímenes de odio, muchos asesinatos de homosexuales suceden por misoginia. Puede parecer exagerado pero a fin de cuentas la homofobia es una variante de ese miedo a lo femenino que deviene en violencia sobre los cuerpos que se salen de la "norma". Por otro lado, pienso en el trabajo sexual travesti como un espacio que aún no tiene ni la fuerza, ni la importancia que se merece dentro de las agendas de muchos colectivos.

La muerte de la Ronaldinho me lleva a pensar en la meritocracia del mundo homosexual y la alianza de los colectivos con la empresa privada. Alianza que apertura espacios chic de homosocialización y que no hace otra cosa que Ampliar las fronteras clasistas en el mundo lgbt de esta ciudad.

La mataron y no pudo decir nada, pues la loca muda no era un cuerpo deseable para las voces que optan por las bellezas colonialistas. La loca muda, la loca discapacitada no pudo decir nada ante el asesinato, ante el crimen de odio, ante los puños de la violencia misógina que la reventaron hasta silenciarla para siempre.



jueves, 29 de junio de 2017

Nuestras memorias, nuestras revoluciones: Nicaragua otra hora cero.

El 28 de junio de 1969 en el bar newyorquino Stonewall Inn la voz desgarradora de una mujer trans de ascendencia latina gritaría: Gay Power!. Con este grito Sylvia Rivera iniciaría una serie de sucesos violentos que llevarían a la libertad del movimiento LGBTI en Estados Unidos. El eco de esa mujer trans pariría diversos grupos que hoy se toman las calles cada 28 de junio para celebrar el orgullo de ser diferentes. En Nicaragua un primer suceso de nuestra historia reciente que marca la lucha de nuestra diferencia es el asesinato de Anastasio Somoza García en 1956 por manos de Rigoberto López Pérez, pues aunque en la historiografía oficial no se asuma a este como homosexual es un secreto a voces que el poeta leonés mantuvo relaciones amorosas con Rafael Corrales. Este suceso marcaría la hora cero de la lucha del deseo diferente. 

Durante los años 60 y 70 la dictadura somocista construyó un discurso que criminalizaba a la homosexualidad. Muchas locas y lesbianas fuimos encerradas en las cárceles y exhibidas en el periódico Novedades como deshonrosos criminales. Sin embargo, el gay power vino siempre desde abajo. En las calles tuvimos mil y un nombres conformando un alfabeto cochón barroco que se fundía con las memorias de nuestras ciudades. En Managua nos hicimos llamar: la Anita del Mar, la Chanel o Chanela, la Guillermina, la Rana Murillo, la Reina del Twist, la Peruana, la Lucero, la Negra Selina y la Selinita, la Piel Canela, la Gallina, La Reina de los Tártaros, la Bamba, la Venada, la Rocío, la Flor, la Sondy Gay, la Chinita Bonita o la Chinita Gay, la Giorgina, la Carmen Belanllevis, la Chacha, la Lucha Maldita y  la más importante y popular: la Sebastiana que junto a La Caimana formarían dos referencias indisolubles de aquella ciudad. También aparece en este desfile de nombres la cara de la dictadura somocista: Bernabé Somoza Urcuyo, hijo de Luis Anastasio Somoza Debayle e Isabel Urcuyo, Bernabé o la Barnabi. La elite también toma rostro y forma en los nombres de Carlos Manfut, Jimmy Tefel, la Conny Mercado y Elvir Espinoza mejor conocido como la Elvira. Y en esta época una ciudad letrada cochona aparece travestida en la cultura nacional: José Debb Mcnell, Alberto Ycaza, Omar DLeón, Rolando Steiner y Leoncio Saenz, son algunos de los artistas fundamentales que lograron sobrevivir al discurso que criminalizaba nuestros afectos. 

Nos sumamos a la lucha clandestina en contra de la dictadura somocista mientras en américa latina se conformaban grupos de libertad sexual. Nosotras nos sumamos a la efervescencia revolucionaria y después del 19 de julio de 1979 aplaudimos en las esquinas los discursos del Hombre Nuevo, alimentando con nuestras pestañas falsas los ideales de una opción diferente, de una opción nuestra. Sin embargo, nuestra diferencia empezó a ser vista como un mal somocista, un mal que atentaba contra el futuro del Hombre Nuevo. No obstante algunas de nosotras pudimos insertarnos en espacios artísticos e incluso subimos al escenario gubernamental. Muchos artistas homosexuales engrosaron la militancia de aquellos años y la comandante Dora María Téllez sería el más alto símbolo lésbico de nuestra historia revolucionaria. Y también fuimos al servicio militar a defender los intereses de la patria rojinegra. Entonces en 1987 vino la marca del SIDA. Algunos empezamos a morir por la pandemia rosa y otros nos organizamos alrededor de la comandante ministra de salud y empezamos a construir colectivos clandestinos como forma de contrarrestar lo que hoy se recuerda como los años más duros del cáncer rosa. En esa década justo en 1989 homosexuales y lesbianas hicimos presencia pública en lo que sería, al menos simbólicamente, nuestra primera marcha del orgullo. En el décimo aniversario de la Revolución popular Sandinista se vió desfilar a 50 homosexuales y lesbianas con camisetas negras y triángulos rosados. Era la hora cero para hacernos visibles y mostrar opciones aparte del Hombre Nuevo. 

Y vino la paz, la democracia, el neoliberalismo con su discurso de borrón y cuenta nueva. Y mientras la presidenta ascendía los brazos al cielo en sinónimo de victoria nosotras fuimos criminalizadas con el artículo 204 del código procesal penal, el artículo contra la sodomía. Esa óptica del Estado hacia nuestras diferencias más la propagación del virus nos hizo colectivizar con más fuerza las luchas. Aparecieron entonces asociaciones fundacionales que abrirían paso a lo que vendría después: Xochiquetzal fundada por las lesbianas feministas Hazel Fonseca y Mary Bolt González y Nimehuatzin dirigida por Rita Arauz. También aparece SHOMOS, Nosotras, el Grupo por la Visibilidad Lésbica, Puntos de Encuentro e Ixchen. Por su parte Sergio Navas activista homosexual puso las bases en ASONVIHSIDA continuando las demandas de las personas vih positivas. Gracias a los esfuerzos colectivos diversos espacios abrían sus escenarios a nuestras voces. Entre ellos el Centro Cultural Coro de Ángeles en donde se llevó a cabo el primer festival cultural LGBTI. Mientras tanto el ministro de educación Humberto Belli tildaba los planes de educación sexual como moralmente repugnantes y comparaba nuestros afectos con el sexo entre animales. Mientras tanto la iglesia católica en sus homilías arremetía contra los “sodomitas” y exponía que el vih era la paga del pecado. Era la hora cero para colectivizar nuestras luchas. 

Hoy celebramos la doceava marcha del Orgullo LGBTI. Sin embargo, nuestras memorias develan un período largo de luchas constantes. Es la hora cero para darnos cuenta que sin feminismo no hay orgullo, que sin sororidad no hay orgullo, que si no terminamos con la lesbo, homo, transfobia dentro de nuestro movimiento no hay orgullo, que si no visibilizamos el orgullo bisexual e intersexual no hay orgullo, que sin posicionamientos críticos no hay orgullo. Es la hora cero para pensarnos desde nuestras diferencias y saber que no somos una maza comerciable ante el financiamiento internacional, que somos más que siglas, que no somos homogéneos y que tenemos demandas diversas, que somos sujetos y sujetas capaces de ser libres. Es la hora cero para dejar de resistir y asumir el escenario político para subvertir el presente y avanzar hacia el futuro.


Nota: Este discurso fue leído en el acto central de la 12va marcha del orgullo LGBTI en Managua. 28 de junio de 2017... llueve.

sábado, 3 de junio de 2017

El mambo nos volvía locas


Pensar el mundo musical de América Latina es pensar en las mezclas culturales. De ellas surgen ritmos que se nos fueron metiendo en el cuerpo como parte indisoluble de nuestra genética. A finales de los años 40 surge con fuerza en América Latina uno de los géneros musicales más importantes del mundo: el mambo. Cuba es el lugar de origen y México el espacio desde donde irradia.

Este ritmo hacía movernos como si tuviéramos el diablo en el cuerpo. Los jóvenes de los años 50 con el cabello engominado bailaban al ritmo de la orquesta inmortal del maestro Pérez Prado, cubano radicado en México que llevaría a otros niveles estilísticos el tejido musical de aquellos sonidos con origen afrodescendiente. 

El mambo nos volvía locas y en la pista de baile dábamos rienda suelta a nuestros instintos mucho antes de descubrir el rock and roll. El mambo nos volvía locas y en Managua los casinos empezaban a llenarse con aquella música eufórica orquestada con trompetas, pianos, flautas y congas. El mambo nos volvía locas.

En el Casino Copacabana, mejor conocido como el “Casino de la Playa”, un show de bailarinas cubanas hacía retumbar el edificio construido sobre el lago Xolotlán. Aquel suceso marcó la historia de nuestra geografía capitalina, pues se anunciaba como suceso atractivo ante los ojos poblanos de los capitalinos. Las locas en “El pez que fuma” movíamos las caderas como si no hubiera un mañana, el espacio underground de Managua también se contagiaba: ¡mmmmaaaaaaammmmmmmbbbbboooooo! ¡Ju!

El Casino Olímpico, El Versalles y el Monte Carlo también seducían a la clientela con el “uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho…” y al unísono todo parecía detenerse y en la pista de baile, con el diablo metido en el cuerpo, hombres y mujeres se estremecían. Y el cine exhibía las películas del “cine de oro mexicano” en las que había una escena obligatoria que mostraba las curvas cabareteras del mundo nocturno de la ciudad moderna. Los Managuas se dejaban llevar por el encanto modernizante de las películas blanco y negro.

La ciudad de León no se quedaba atrás. El virus del mambo hacia desempolvar su aire liberal decimonónico. La noche del 21 de septiembre de 1956 la Casa del Obrero de aquella ciudad daría inicio la campaña presidencial de Anastasio Somoza García. La convención del Partido Liberal Nacionalista lo elegiría como candidato a presidente. Aquella fiesta era amenizada por la Occidental Jazz que escogió una lista de mambos para que “El Hombre” se luciera en la pista.

Unas horas antes Pascual Rigoberto López Pérez se despedía de su amante Rafael Corrales. Imaginémoslos dándose un último abrazo secreto, un abrazo que nadie podía conocer pues en aquella época ser homosexual en Nicaragua era sinónimo de crimen. Pensemos a Rigoberto besando a su amante, el último beso que le daría al dueño del diario “El Cronista” y protegido de la familia Debayle Sacasa. Pensemos a Corrales agobiado por un presentimiento mortal, con la garganta anudada, con las manos frías como sabiendo que la muerte se llevaría a su poeta.

“Camisa clara, pantalón oscuro: maricón seguro” versa un dicho popular.
Así vestía Rigoberto aquella noche en que se había reunido lo más selecto del liberalismo leonés en la Casa del Obrero. Como con el diablo metido en el cuerpo el joven poeta se movía en medio de los invitados. Con una serenidad sepulcral, un silencio profundo que lo caracterizaba, la mirada puesta en el futuro pero sabiendo que esa noche besaría a la muerte.

El Hombre saltó de la silla y habló a la orquesta: ¡Muchachos tóquense un mambo!- la Occidental Jazz sonó las tumbadoras, de pronto la frase “caballo negro, caballo negro” era repetida una y otra vez, las trompetas se sumaron a la eclosión del sonido. El mambo nos volvía locas y El Hombre Fuerte no era la excepción, acompañado de la novia de la Casa del Obrero movía las piernas mientras la orquesta decía “caballo negro tú tienes la cola blanca, tú tienes la cola, cola”. El General bailaba su último mambo, mientras Corrales hablaba con algún asistente y el poeta trataba de pasar desapercibido en la multitud.

Una vez sentado el futuro candidato del Partido Liberal Nacionalista recibía saludos y buenos deseos de los invitados. La música parecía volver locos a todos los asistentes, eran las nueve de la noche y Rigoberto se acercó a la mesa con su camisa clara y su pantalón oscuro, se agachó y detonó su arma que escupía todo el odio de un cuerpo criminalizado sobre la gordura fétida de Somoza. Cinco balas número 74605 se introdujeron en el dictador nicaragüense mientras un agente de la Guardia Nacional le daba un culatazo al poeta, mientras Corrales dejaba caer su vaso sobre el suelo ante aquel suceso. 54 balazos desfiguraron el cuerpo de Rigoberto. Otros muchachos que formaban parte del complot fueron detenidos.

El cadáver fue llevado a la estación de la Guardia y se llamó a Corrales para que reconociera el cuerpo sin vida del poeta López Pérez. El llanto incontenible y el secreto a voces de su romance provocaron el encarcelamiento del dueño de “El Cronista”. Un tiempo después moriría en la cárcel a causa de las torturas anales que los G.N le harían. Sin dudas el mambo nos volvía locas y en esa locura frenética construimos nuestra propia revolución dando la vida con el diablo metido en el cuerpo. Los homosexuales fuimos capaces de matar dictadores mientras el mambo nos volvía locas.


martes, 7 de febrero de 2017

Familias, migraciones y luchas políticas.

Escribo hoy desde la tristeza y la esperanza, desde la rabia y el amor, desde la decepción y la ilusión. Escribo esta mañana de febrero desde un torbellino de sentimientos encontrados. Escribo esta mañana de febrero desde el YO real y no desde el desdoblamiento literario. Quizás este escrito público sea uno de los que más conflictos internos me han traído y quizás me traiga otros externos.

He pensado que asumirme abiertamente homosexual me ha traído muchos pro y muchos contra. No es fácil plantearse una lucha política y asumirla desde la teoría y la práctica, asumirla desde las ideas y el cuerpo. Las locas, cochones, afeminados, pájaros, jotos, puñales, vivimos día a día diversas migraciones que nos hacen personas con múltiples posibilidades de transitar. Devenires opinarán muchos, migraciones prefiero llamarlo yo. Gracias a la lucha de las locas de ayer las de hoy tenemos lugares más visibles en nuestras sociedades. Aquellos cochones se agenciaron en el pasado espacios de luminosidad contra viento y marea. Hemos empujado y encontrado escenarios desde donde enunciar nuestros discursos que a veces incomodan, aunque siguen habiendo muchas que se acomodan al poder.

Anoche mientras revisaba mi Facebook encontré que una de mis tías más amadas compartía la noticia donde Donald Trump firmaba una orden que quitaba recursos económicos a la lucha LGBT en EEUU. De pronto, quizás sin razón, sentía que algo dentro se rompía. No solo por la acción de Trump sino por el gesto de que esa familiar compartiera esa noticia con orgullo y proclamando el nombre de Dios, su Dios. En ese momento hice un flashback y pensé en la relación con ella, nuestras conversaciones sobre salud sexual, sus confesiones más tristes que giraban en torno a sus soledades y mi apoyo a su decisión de rehacer su vida junto a un hombre que apenas conocía. Mi apoyo a su derecho a ser feliz mientras toda la familia la condenó.

En ese momento pensé en las dicotomías familiares de saberme y ser afeminado en el seno familiar desde niño. Los silencios de mi madre, los intentos de mi tío por meterme a alguna actividad física como boxeo o defensa personal, los comentarios de hacerme una cura de sueño, la infinita preocupación de mi abuela cada vez que en la televisión aparece un caso de asesinato hacia algún homosexual, su preocupación porque yo regrese a la casa vivo y su insistencia porque yo lo disimule para evitar la burla de la gente. También pienso en la maestra que una vez se bajó de mi recorrido, me acompañó hasta mi casa y habló con mi madre, le decía que yo tenía problemas, que era cochoncito y que eso no era correcto, que me buscara un psicólogo.

Expongo todo esto y pienso que no me ha ido tan mal, al menos nunca en mi casa llegaron a la violencia física para “curarme”. Y expongo esto no para victimizarme más bien lo digo porque el feminismo me ha enseñado que lo que no se nombra no existe. El teatro y el arte de la palabra también me han demostrado esto. Escribir desde el dolor y la decepción es algo recurrente en nosotras las locas y no es para dar lástima, sino que necesitamos enunciar estos discursos que pesan sobre nosotros. En mi caso algunos gestos familiares me duelen rotundamente, pues uno busca en esa familia, en ese círculo humano que lo ve nacer y crecer el apoyo primigenio. Quizás ese instinto animal de recurrir a la manada lo hace volver a la familia. Y es duro, difícil, desaprender y darse cuenta que con ciertos gestos esa manada te obliga a migrar.

Las locas migran, migramos siempre. De género, de performatividad, de enunciados, de país, de ideas, quizás esto nos convierta en seres más humanos pues a todxs en nuestras vidas nos ha tocado irnos y buscar otros espacios. Cuando una migra de la familia carnal, sanguínea, genética, encuentra otras posibilidades de abrazos, de gestos afectivos. Encuentra la posibilidad de compartir con otros seres humanos. Para nosotras las locas, cochones, pájaros, putos, jotos, puñales, maricones la familia afectiva es, casi siempre, más importante. En esos rostros y esas pieles unx va encontrando ese alguien con quien dialogar, con quien cargar la mochila para hacerla menos pesada, con quien transitar caminos, ideales, aspiraciones y también frustraciones.

Desde que tomé conciencia y me interesé en convertir mi postura abiertamente homosexual en una lucha política donde pongo día a día las ideas y el cuerpo he encontrado un sinnúmero de personas que están conmigo en este camino. Nombrarlas sería tedioso y quizás extenso. Sin embargo, creo que a pesar de las soledades múltiples que a unx lo acogen siempre hay gente con quien compartir la vida. Esa gente, ese gueto, ese mundo, me lo he construido a cada paso, en cada momento de debilidad o de fortaleza.

El barrio y mis amigas de adolescencia fueron las primeras personas con quienes hice manada. En esos escapes y conversaciones, en esas salidas, en esos consejos que a la distancia pueden parecer cursis pero que en aquel presente fueron importantes en extremo. Después el colegio y el descubrimiento de un mundo marginal, donde los más machos del aula me protegían a cambio de que les explicara las clases o que les ayudara en las tareas. Mis amigas fuertes de la secundaria que guardaron mis secretos, mis primeros amores, “nuestra primera vez”.

Luego el mundo del teatro y la agrupación que me acogió hace ya diez largos años. Ese grupo que ha resultado mi mayor apoyo en los últimos años. Gente con la que comparto el día a día, el amor, las tristezas, los momentos tensos y los de rélax. Gente que se ha convertido en ese otro núcleo afectivo que viene a ser padre, madre, hermanxs. Después la academia. Recuerdo con tanto cariño las veces que en mi estadía en Cuba, el director de la carrera y mi maestro me decía: Davicito cuídate que la calle está mala.- En esa Cuba de ideales múltiples también se abrió mi sentido político y de lucha. Aprendí tanto de la parametración, de las tristezas, de los testimonios de aquellos que me abrían las puertas de sus casas, de sus oficinas, de sus tabloncillos de ensayos para contarme sus historias, para demostrarme que desde el arte había un mundo posible donde uno se podía enunciar de diversas formas.  Y claro, mi familia cubana. El padre que me decía que yo era el hijo decorador de interiores que la vida le había negado. La madre que siempre estuvo pendiente de mi salud, del hambre que podía o no tener. La hermana que me protegía con sus muertos y con toda la fuerza de la isla que le corre por las venas.

Por supuesto no puedo dejar de mencionar al amor. Esos hombres que me han acompañado y me han enseñado tanto. Personas que directa o indirectamente han dejado huellas en mi vida. Y también las hemanas y hermanos de las luchas nuestras de cada día.

Así las locas nos vamos construyendo un mapa subjetivo que no está alejado de la realidad de muchos otros humanos subalternos. Pero quizás este itinerario afectivo importe mucho más en nuestras vidas. Quizás si la gente entendiera que no utilizamos el culo solo para dar o recibir placer, quizás si la gente entendiera que también cagamos podríamos dialogar de eso que nos hace iguales.

“Uno no tiene necesidad de decir cosas tristes, uno tiene dolor de decirlas” como versa un poema de mi amigo cubano Fabián Suárez. Pero esas tristezas a uno le van acomodando la vida y asume con mayor esfuerzo y reto la lucha política que significa ser loca, cochón, puto, joto, marica, pájaro. Escribo hoy desde la tristeza y la esperanza, desde la rabia y el amor, desde la decepción y la ilusión. Escribo esta mañana de febrero desde el YO real y no desde el desdoblamiento literario. Escribo esta mañana por la necesidad de vivir.


jueves, 8 de diciembre de 2016

¡Desde la ciudad YO acuso!

Soy David Rocha, tengo 26 años. Artista, negro y loca. Nací y crecí en la ciudad de Managua, vivo en esta ciudad y no quiero, ni pretendo moverme. Sin embargo, parece que el espacio urbano capitalino se va convirtiendo en una cárcel donde ser evidentemente homosexual es sancionado. 

Anoche viví uno de los momentos de homofobia más humillantes de mis 26 años. Me dirigí al supermercado de Multi Centro las Américas, pues mi abuela me pidió que le comprara. Voy al baño antes de llegar a mi destino y un guardia de seguridad, que siempre merodea el lugar, me mira y me dice: ¡mira Chele yo siempre te veo en los baños dando vueltas, jalate no te quiero volver a ver aquí!- el tipo está evidentemente violentado, su cara enfurecida me mira fijamente, no viste uniforme negro con rayas amarillas, usa camisa estilo polo con el logo del centro comercial y un jeans. Usa un micrófono de solapa. Casi no tiene pelo, usa corte militar y tiene el cutis de la cara agujereado, lo que popularmente conocemos como “cara de piña”. Me paralizo en ese momento, cierro mi zíper y salgo del baño con miedo. El guardia sale antes que yo y se hace el disimulado al verme afuera como si el acto de violencia que ha sido ejecutado dentro nunca hubiera pasado. Apuro el paso, pues no quiero ser violentado físicamente, ni quiero ser perseguido por él. Llego al super, compro y salgo del centro comercial velozmente. 

Indiscutiblemente el guardia me ha visto otras veces pues es el centro comercial que frecuento por varias razones: primero queda de camino a mi casa y me es más fácil comprar ahí, segundo mi banco ofrece un cajero automático en el que puedo depositar y lo utilizo pasada las seis de la tarde.

Estoy más que claro que muchos homosexuales femeninos, masculinos y de closet utilizan los baños públicos para encuentros sexuales. Esto no es una práctica moderna y tampoco exclusiva de nuestro país. Los baños públicos por ser espacios íntimos propician las expresiones de afecto y de deseo que en público la sociedad restringe, criminaliza y reprime. En Managua yo he sido testigo de acciones violentas por parte de los guardias de seguridad. Incluso este mismo hombre que a mí me humilló sacó una vez a una loca que le reventaron la nariz. Nariz reventada por un macho gay discreto, el discreto salió como si nada, pero la loca fue expulsada del centro comercial y le pidieron su número de cédula.

Es cierto que no vivimos como en los años 60 en los que la dictadura somocista utilizaba sus aparatos de control y saneamiento, léase Guardia Nacional y Policía, para capturar y encarcelar a los “invertidos sexuales”, “sodomitas”, “desviados”, “tipos de costumbres raras”. Es cierto que al menos los periódicos no nos sacan en primeras planas encarcelados, pelones y con sendos titulares que nos humillan y atentan contra nuestra integridad social. No obstante, los que somos evidentemente homosexuales afeminados seguimos siendo el blanco de la burla y la humillación ciudadana. Nuestra sociedad tiene internalizada una actitud misógina que pretende controlar todo aquello que es femenino, feminizado o feminizable. Digo sociedad, pues tanto en el ámbito heterosexual como en el homosexual es un patrón que se repite.

Hoy desde la ciudad, MI ciudad, yo acuso y denuncio estas acciones humillantes contra las personas que somos visiblemente homosexuales. Yo corrí con suerte de no ser violentado físicamente, no puse ninguna denuncia en la administración por miedo, tampoco pude tomar fotos o videos del tipo por miedo a ser golpeado. Sin embargo, la violencia simbólica ejercida a diario sobre nuestros cuerpos va convirtiendo a nuestra ciudad en una cárcel donde nos van lapidando diariamente, nos matan todos los días con insultos y humillaciones, nos matan simbólicamente por ser diferentes. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El amor de las locas

Acariciaré el aire y sonreiré en la sombra por si en la sombra me miras y en el aire me besas.
Dulce María Loynaz

Entramos a la disca por la puerta grande, por la más ancha para que todos nos vean. El ego de la loca es altisonante y bullicioso, es un plumerío barroco como las extrañas estatuas de las iglesias coloniales: demonios nativos devenidos ángeles de Castilla, apiñados en las paredes y en la escritura indigenista como muestras exóticas del arte americano. Así entramos a la disca, altivas como la grandeza que le colgaba a Moctezuma en medio de las piernas. Entramos etéreas con nuestro rebuscado bambolear de caderas como la mítica entrada de Cleopatra en la rancia película de la Taylor.

Una vez dentro nos volvemos leydis vampiresas que coquetean con los chicos que compran pengüins  en SIMAN. ¡Yes Man!, ¡Yes Sir! Musitamos al oído de nuestra pareja de baile, subidas en tacones de segunda, en nuestras brillantes lentejuelas de pacas. Los gays pengüins nos invitan una, dos o tres bichas y al final de la noche otro gay pengüins ocupa un espacio en su carro, en su boca, en el motel, en el porro cool que se fuman juntos, en la droga diacachimba que dilata sus anos rosas.

En ese momento la madrugada cae fría. En los espejos de la disca otros cuerpos afeminados se dejan llevar por el delirio alcohólico de las Toñas y las Victorias. ¿Sos pasiva?, ¡Bay!, ¡Chau!, ¡entre locas no! La homonormatividad nos prohíbe desear el cuerpo feminizado que delira ante nosotras. La homonormatividad prohíbe a dos pasivas hacer la tijera.

Por eso una se va enamorando del desconocido amor. Del amor fugaz y sempiterno, como el amor intangible de Dios, como el frustrante amor de los muertos que está en la sombre  el aire, que está en todas partes y en ninguna, ese amor que se llora en la tumba y se lleva muy dentro. Amor, amarsh, Amorsh, éxtasis lírico que se sujeta a la violenta desesperación del chupeteo callejero. Del glande incógnito movido por el macho callejero que se desliza a la noche porno.

En la oscuridad porno-gráfica perdemos los seres, como un camuflarse en el asfalto para que no importe nuestro olor a cochón. Los fluidos emanan en un torrente de no me olvides, de “ay lovius”, de carga viral, de “soy tu putita”, de “por ahí si sss aaahhh”. Así nos vamos enamorando y atrapando la invisible cara sidótica del amor fugaz.

Y por Facebook asistimos a la boda del hermano gay de nuestra amiga. Se casaron en Washington, bendecidos por la democracia gringa y las libertades que han costado a trans, negrxs, locas, lesbianas y mujeres. Se veían hermosos en las fotos del face. Se besaron, tiraron el ramo y cayó en el fondo vacío del estanque pues nadie de la familia los acompañó. ¡Que vivan los novios!- gritaba el aire vacío. ¡Que vivan los chocorrones!- gritaba una detrás del cybermundo. Esos machitos de barrio que nos rempujan las soledades cuando se acerca la quincena, que nos llevan la ropa de sus mujeres para que en la cama seamos como ellas. Ese machito obrero, proletario, del que tanto habla el socialismo y el capitalismo usa para enriquecer sus finanzas. Ese machito que huele a sol y bronce, que después de calmar nuestras soledades nos pide un salve, un aliviane, algo para comer, para el taxi, para la ropita de moda, para la mujer, para la leche de la niña. Y nosotras misericordiosas y cristianas entregamos al prójimo el sacrificio de horas laborales gracias a nuestro gustoso placer esfinteral.

Y ahora lo Queer nos hace poliamorosas. Nos seduce en la teoría de la apertura y normaliza nuestros múltiples deslices, afanes, ganas. Lo Queer viene a salvarnos ante la mirada rancia de la heteronorma. Lo Queer poliamoroso, lo Queer culposo como un excusa, casi un permiso que carta blanca a lo que siempre hicimos. Lo Queer como un LSD que nos da puertas abiertas al “estatus culo” de los placeres de siempre.


Así recorremos un imposible itinerario vivencial, con las múltiples caras del amor nuestro de cada día. Como buscando en el aire y respirando en la sombra el beso urbano que se fuga de nuestros cuerpos. 

viernes, 19 de agosto de 2016

El silencio del González o la muerte de un escenario.




Estoy frente al antiguo Cine González de pie, inmóvil como la amada de Nervo. Estoy con las lágrimas contenidas mientras veo ante mis ojos una época calcinada. Las noticias informan que la madrugada de hoy viernes 19 de agosto un incendio consumió el interior del González, solo sobrevivieron las paredes del exterior.



Estoy ahí de frente a los pies de la estatua del Frente Nacional de Trabajadores. Los policías han puesto una cinta amarilla que rodea la cara principal del edificio. La rodea en un gesto que revive lo que le pasó al cine después del terremoto del 72. Y es que nuestra ciudad parece vivir constantemente en una ida y vuelta, en un ir y venir estremecido que se convierte en soplo sobre nuestras mentes. El 18 de agosto de 1945 La Nueva Prensa decía:



Un voraz incendio que inició en el depósito de películas del Teatro González, terminó con la valiosa documentación del Registro de la propiedad Inmueble, de los juzgados y casas adyacentes. (…) Hace poco el González había construido un cuarto más amplio y especial para almacén de películas cuyo costo puede calcularse en 200 dólares cada uno. Las pérdidas en el edificio del González, incluyen aparatos de cine, inmobiliarios, equipos de oficina, etc. Pueden estimarse en 600 mil córdobas.



Este incendio provoca que el antiguo González sea remodelado. El primero fue construido donde estuvo el mítico Hotel Lupone e inaugurado en 1934. La edificación mostraba ya una fachada moderna. Después del terremoto de 1931 Managua empieza a construirse con cemento armado y el Art Decó marca el lenguaje de la modernidad urbana. Esta foto nos traslada a la época del cinematógrafo Lumiere, Nos transporta a la ciudad post terremoto, al espacio urbano vacío. Al fondo la estructura de hierro de la catedral Santiago de Managua. Al frente los postes de luz eléctrica que devenían en innovación modernizantes para los transeúntes y los pájaros de la ciudad.



 



Después del incendio que calcinó este primer edificio fue reinaugurado en 1953 el Nuevo Cine González. Construido por la firma CARLAFISA (Cardenal Lacayo Fiallos, S.A.) y diseñado por Julio Cardenal, uno de los más grandes arquitectos nicaragüenses. La nueva edificación tenía aproximadamente 1500 butacas, platea y un balcón, más un amplio escenario que le otorgaba al edificio una ductilidad para ser sala de cine y salón de espectáculos. El decorado estuvo a cargo del maestro escultor Fernando Saravia y simbolizaban las bellas artes: la música, el ballet y el teatro. 

 






Antes de la inauguración del Teatro Nacional Rubén Darío en 1969 la sala del Cine Teatro González fue el escenario para espectáculos más cotizada del país. Digo escenarios para espectáculos porque después del terremoto de 1931 en Managua no había salas de teatro, sino, espacios arquitectónicos donde se podían presentar algunas escenificaciones.  Entre las puestas en escena llevadas a esta sala destacan Mujeres de Claire Booth dirigida por el maestro Alfredo Valesy,  obra con la que se funda el Teatro Experimental de Managua; Gladys Ramírez de Espinoza escribe:



Nuestro grupo necesitaba un director y Valesy necesitaba patrocinadores. Juntarnos fue buena idea. Valesy aceptó dirigir la obra Mujeres de Claire Booth, algo no muy fñacil, pues requería la actuación de 33 mujeres. Fue así como una noche de verdadera gala, y en el Teatro González de Managua, nació el “TEM”. La obra fue no sólo un éxito artístico, sino también económico.[1]



También destaca la puesta en escena de Antígona de Jean Anouilh en enero de 1967 por la Comedia Nacional de Nicaragua. Al respecto la maestra Socorro Bonilla Castellón apunta: “Para interpretar Antígona, nuestro elenco recibió un entrenamiento especial: luchamos por la grandiosidad de la obra y la llevamos al Teatro González, entonces la sala más cotizada del país”[2]. Estas dos puestas en escena son apenas una muestra de las representaciones teatrales que se llevaron a cabo en el escenario que hoy muere calcinado.



Pero no solo el teatro tuvo lugar en el González también los premios centroamericanos Monge de Oro, otorgados a lo más selecto de la prensa, radio y televisión. La música también estuvo presente en dicho escenario. Los managuas de aquella época seguramente recordarán el concierto de Raphael en 1968. Y sin contar las anécdotas de las matinés y las tandas nocturnas donde los novios se daban citas con las novias.



Después del terremoto de 1972 el centro de la ciudad queda cercado y en abandono. Pronto, en medio de los escombros, surgen nuevas dinámicas de relacionamiento entre los sujetos de la ciudad. El cine González en esta época comienza a proyectar películas porno para las parejas que se atrevían a transitar por el centro en ruinas. Emerge una ciudad en silencio que no es retratada por ninguna crónica, pues todos afirman que el centro quedó vacío. El espacio urbano medular es resignificado por trabajadoras sexuales, homosexuales, heterocuriosos y cualquier expresión de disidencia sexual que curveando las calles se entregaban en frenesí nocturno a los placeres de una noche. El González, entonces, fue habitado por sujetos porno en instantes de encuentros fugaces.



Luego en los años 80, con el advenimiento de la Revolución, hubo una borradura del accionar porno y se habilita la primera sala de la cinemateca nacional. El edificio dejó de funcionar como sala de cine hasta que en los años 90 fue comprado por una iglesia pentecostal que tuvo su sede ahí, hasta la madrugada de este viernes.



Estoy de pie frente al Cine Teatro González, en la intersección de la avenida Bolívar y la antigua calle Momotombo. Estoy de frente pensando en todas las voces que quedan silenciadas este día. El sol cae despacio sobre la ciudad. La noche abraza las huellas que se van convirtiendo en sombras. Mi sombra se proyecta sobre el edificio, el edificio ahora calcinando se proyecta sobre mi sombra. No delimito donde empiezo yo y donde empieza la sombra del González, una danza de muertos nos va abrazando hasta fundirnos eternamente en las lágrimas de esta ciudad.



[1] Ramírez de Espinoza, Gladys: Reseña histórica del Teatro Experimental Managua (TEM) en Boletín de bibliografía y documentación del Banco Central. Número 49, octubre de 1982. P.92
[2]Bonilla Castellón, Socorro: Reseña Histórica de la Comedia Nacional de Nicaragua en Boletín de bibliografía y documentación del Banco Central. Número 49, octubre de 1982. P.92