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lunes, 11 de diciembre de 2017

La Ronaldinho

Se murió la Ronaldinho. Así sin más, mientras mi barbero me cortaba el pelo me contó la historia o al menos lo que en el barrio se comenta. Me quedé impávido, viendo como caía mi pelo mientras en mi cabeza resonaba su imagen y aquella historia.

Ojalá esto fuera un escrito de ficción pero lastimosamente no lo es. La última vez que la vi fue saliendo del trabajo. Caminaba por las calles oscuras de batahola. La Ronaldinho cuatro veces lumpen para esta sociedad que mata: loca, travesti, muda y trabajadora sexual.

El barbero me cuenta que andaba en lo suyo. Se fue a trabajar con unos tipos, a darles placer. Uno de ellos bebió de más, la golpeó y de la paliza murió. El asesinato quedó impune como muchos otros que se suman a la lista. Lista invisible que al parecer se llevan los muertos.

El sistema social en el que vivimos mata a todo aquello que considera femenino y por ende débil. Muchos crímenes de odio, muchos asesinatos de homosexuales suceden por misoginia. Puede parecer exagerado pero a fin de cuentas la homofobia es una variante de ese miedo a lo femenino que deviene en violencia sobre los cuerpos que se salen de la "norma". Por otro lado, pienso en el trabajo sexual travesti como un espacio que aún no tiene ni la fuerza, ni la importancia que se merece dentro de las agendas de muchos colectivos.

La muerte de la Ronaldinho me lleva a pensar en la meritocracia del mundo homosexual y la alianza de los colectivos con la empresa privada. Alianza que apertura espacios chic de homosocialización y que no hace otra cosa que Ampliar las fronteras clasistas en el mundo lgbt de esta ciudad.

La mataron y no pudo decir nada, pues la loca muda no era un cuerpo deseable para las voces que optan por las bellezas colonialistas. La loca muda, la loca discapacitada no pudo decir nada ante el asesinato, ante el crimen de odio, ante los puños de la violencia misógina que la reventaron hasta silenciarla para siempre.



jueves, 2 de febrero de 2017

Lirismo Cochón

A Persona Núñez García[1]
Uno
Este lirismo cochón huele a hombre sudado, a macho y loca sudando en un baño público como si la vida se esfumara por los poros. Este lirismo que confundirán con una voz poética cobarde y femenina, con un sujeto desdoblado en quien sabe qué palabra. Este lirismo que se queda escrito para siempre en mi cuaderno. Lirismo silente que no encuentra anclajes en monumentos, en edificios progresistas, en estampas, en escudos, en luces de neón, en besos públicos, en tardes de domingo.

Comprenderán, quizás, que este lirismo me deshoja como los tibios ríos de la muerte; como la lluvia metálica del asfalto urbano; como la asfaltada letra que nunca escribiré en un diario viejo.

Este lirismo cochón trastornado y sucio, de izquierda, centro, derecha, de hombres con raras costumbres, de cifras sidóticas y de hemorroides casuales. Este lirismo es tan solo es, es solo tan es lirismo este, acochonado y revuelto como las veces más que he besado a la muerte.

Dos
Una también ha sido rechazada. Se cree que en el guetto, en el mundo underground de las abyecciones, se cree que en el circo imperial de las plumíferas rarezas todos somos hermanos… Pero la verdad, la verdad es otra, quién es dueña de la verdad, ¿quién reconoce a la Drag Queen justiciera?

Tres
La electrificada urbe que deselectrifica. Se dañó la planta dicen algunos. ¡Si!, se nos dañó la planta de los pies por querer andar a oscuras sin vernos la palma de la mano. Se nos dañó también de marchar y marchar y marchar una y otra vez a la sombra de los próceres y los placeres patrios. La electrificada urbe se deselectrifica, ¿quién la electrificará?

Cuatro
¿Por qué vuelven las cosas? ¿Por qué miran las locas? Por qué este lirismo cochón que no será escrito en ningún diario viejo y sepia, en ningún diario bucólico y costumbrista románticamente exótico y oxidado. Basta con ser una mismo, uno misma y saltar la verja de los besos ágiles. ¡Saltemos la verja!, ¡Saltemos la verba!, ¡Saltemos la verga!, ¡Saltemos las cuerpas! Las cuerpas lánguidas de locas tercermundistas que se deslumbran ante el olor del detritus imperial. ¿Por qué marchamos? ¡Por el marxismo! ¿Por qué marchamos? ¡Por el comunismo! ¿Por qué marchamos? ¡Por la democracia neoliberal! ¿Por qué marchamos? ¡Por la calle rota y el hambre! ¿Por qué marchamos? ¡Por perras! ¿Por qué marchamos? ¡Por el Sarcoma y el Kaposi! ¿Por qué marchamos? ¡Por el lirismo cochón!

Cinco
Después de la tormenta viene la lluvia, la brisa, los estragos, el silencio y los llantos y después, mucho después viene la calma. Pero eso es mentira, es otra de las teatralidades múltiples que nos vende el grindr, el manhunt y el chat. Después del contacto viene otro contacto y así nos vamos contactando con la apostrofe del morbo, del sexo riesgoso y morboso, del semen desconocido contraído en el esfínter rojo. ¿Por qué marchamos? ¡Por el esfínter rojo! ¿Por qué marchamos? ¡Por el esfínter roto! ¿Por qué marchamos? ¡Por los tacones rotos! ¡Cochones sí, pero con dignidad!

Seis
La sidótica manía descontrolada. La chinfónica orquestación del esfínter rojo. La bala que me hiere es una bala líquida y blanca y si me hiere las plumas será bala con alma. Drag drag drag, queen queen queen. De dos en dos, de cien cien, de mil en mil. Drag drag drag, queen queen queen, vienen las locas cargando el fúsil. Un trozo de tus labios es casi como el infinito afecto de cargar la pesada ciudad cuesta arriba. En este travestido vacío se espermea la posibilidad sifilítica de una poesía trans: transoceánica, transportista, transvestida, transnacional, transpasada de moda, translúcida en su hastío de vaselina, transdivina en sus luces de neón urbano, translíquida, translíquida, translíquida. Transquilamente deshecha después de la lluvia.



[1]  Publicado en la revista Deshonoris Causa  número 47, junio-octubre 2016.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El amor de las locas

Acariciaré el aire y sonreiré en la sombra por si en la sombra me miras y en el aire me besas.
Dulce María Loynaz

Entramos a la disca por la puerta grande, por la más ancha para que todos nos vean. El ego de la loca es altisonante y bullicioso, es un plumerío barroco como las extrañas estatuas de las iglesias coloniales: demonios nativos devenidos ángeles de Castilla, apiñados en las paredes y en la escritura indigenista como muestras exóticas del arte americano. Así entramos a la disca, altivas como la grandeza que le colgaba a Moctezuma en medio de las piernas. Entramos etéreas con nuestro rebuscado bambolear de caderas como la mítica entrada de Cleopatra en la rancia película de la Taylor.

Una vez dentro nos volvemos leydis vampiresas que coquetean con los chicos que compran pengüins  en SIMAN. ¡Yes Man!, ¡Yes Sir! Musitamos al oído de nuestra pareja de baile, subidas en tacones de segunda, en nuestras brillantes lentejuelas de pacas. Los gays pengüins nos invitan una, dos o tres bichas y al final de la noche otro gay pengüins ocupa un espacio en su carro, en su boca, en el motel, en el porro cool que se fuman juntos, en la droga diacachimba que dilata sus anos rosas.

En ese momento la madrugada cae fría. En los espejos de la disca otros cuerpos afeminados se dejan llevar por el delirio alcohólico de las Toñas y las Victorias. ¿Sos pasiva?, ¡Bay!, ¡Chau!, ¡entre locas no! La homonormatividad nos prohíbe desear el cuerpo feminizado que delira ante nosotras. La homonormatividad prohíbe a dos pasivas hacer la tijera.

Por eso una se va enamorando del desconocido amor. Del amor fugaz y sempiterno, como el amor intangible de Dios, como el frustrante amor de los muertos que está en la sombre  el aire, que está en todas partes y en ninguna, ese amor que se llora en la tumba y se lleva muy dentro. Amor, amarsh, Amorsh, éxtasis lírico que se sujeta a la violenta desesperación del chupeteo callejero. Del glande incógnito movido por el macho callejero que se desliza a la noche porno.

En la oscuridad porno-gráfica perdemos los seres, como un camuflarse en el asfalto para que no importe nuestro olor a cochón. Los fluidos emanan en un torrente de no me olvides, de “ay lovius”, de carga viral, de “soy tu putita”, de “por ahí si sss aaahhh”. Así nos vamos enamorando y atrapando la invisible cara sidótica del amor fugaz.

Y por Facebook asistimos a la boda del hermano gay de nuestra amiga. Se casaron en Washington, bendecidos por la democracia gringa y las libertades que han costado a trans, negrxs, locas, lesbianas y mujeres. Se veían hermosos en las fotos del face. Se besaron, tiraron el ramo y cayó en el fondo vacío del estanque pues nadie de la familia los acompañó. ¡Que vivan los novios!- gritaba el aire vacío. ¡Que vivan los chocorrones!- gritaba una detrás del cybermundo. Esos machitos de barrio que nos rempujan las soledades cuando se acerca la quincena, que nos llevan la ropa de sus mujeres para que en la cama seamos como ellas. Ese machito obrero, proletario, del que tanto habla el socialismo y el capitalismo usa para enriquecer sus finanzas. Ese machito que huele a sol y bronce, que después de calmar nuestras soledades nos pide un salve, un aliviane, algo para comer, para el taxi, para la ropita de moda, para la mujer, para la leche de la niña. Y nosotras misericordiosas y cristianas entregamos al prójimo el sacrificio de horas laborales gracias a nuestro gustoso placer esfinteral.

Y ahora lo Queer nos hace poliamorosas. Nos seduce en la teoría de la apertura y normaliza nuestros múltiples deslices, afanes, ganas. Lo Queer viene a salvarnos ante la mirada rancia de la heteronorma. Lo Queer poliamoroso, lo Queer culposo como un excusa, casi un permiso que carta blanca a lo que siempre hicimos. Lo Queer como un LSD que nos da puertas abiertas al “estatus culo” de los placeres de siempre.


Así recorremos un imposible itinerario vivencial, con las múltiples caras del amor nuestro de cada día. Como buscando en el aire y respirando en la sombra el beso urbano que se fuga de nuestros cuerpos. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Strangers in the nigth



Mi amigo me invito a tomar café y compartir con unos amigos suyos, había terminado un evento de literatura y como no tenía nada mejor que hacer decidí acompañarlos. La mesa cuadrada, como las mesas chic de los cafés chic de una ciudad que se esfuerza por ser chic: Managua. Él frente a mí, como si el azar me jugara una buena partida, como si el azar existiera realmente. Sus ojos redondos y cafés me ponían nervioso y me sacaban una sonrisita tonta, no podía verlo de frente entonces decidí no ser evidente y mejor invertir mis esfuerzos en discutir con otro en la mesa. Mientras discutía él no me quitaba los ojos de encima, yo me sentía nervioso.

Pidió té y pay de limón, y mientras yo peleaba por la transición democrática de los años 90 y por las borraduras y los silencios que aquel proceso había provocado en el país pedí un café. Y vos que haces- me preguntó de pronto, yo sonreí pues ya sabía que él había roto el hielo: hago teatro, teatro de títeres- respondí serenamente para esconder mi desvanecimiento romántico, era la primera y la última vez que lo vería. 

Vos que haces?- pregunté y después tomé un poco de café. 

Soy escultor- respondió y yo rápidamente noté sus manos que sostenían la taza de té y la llevaban a su boca. En ese momento todo me pareció perfecto, los ojos, los lentes de borde negro y las hermosas manos fuertes que sostenían delicadamente la taza, el climax vino cuando sonrió. No quise ser evidente, tan evidente, así que volví de inmediato a mi discusión. La tarde terminaba rápidamente y las tazas se quedaban vacías. Nos despedimos.

Tenía la sensación de que todo comenzaría y terminaría aquella tarde, pero a las semanas recibí su solicitud de amistad en el facebook. Intercambiamos un par de mensajes, nos fuimos acercando tímidamente hasta que le confesé lo que había sucedido en mí aquella tarde que nos conocimos, como dos extraños en la noche.

Me invitó a Granada, a que fuera a visitarlo y tomar algo y caminar por la ciudad. Aunque adoro las ciudades a veces me aterra salir de Managua, esta ciudad que domino se me hace tan romántica, tan nostálgica, tan sutil. Al final accedí. A los días tomé el interlocal y partí a la ciudad que vio nacer a mi familia materna. 

Después de pasar el paisaje verde llegué a la ciudad, todo me parecía extraño: las gentes, los colores, las formas, las calles, los nombres, los olores, todo me parecía tan distante. En ese momento me sentí estremecido por el tiempo y la ciudad. 

No sé dónde puta estoy, creo que me bajé después o antes, no sé vení salvame- le dije por teléfono, hace breves segundos me había peleado con un mendigo que me pidió un dólar.

Ya estoy cerca- me dijo y yo me impacienté. Llegó con su camisa exquisitamente blanca, sombrero blanco, jeans, tenis y gafas oscuras. Me puse nervioso al verlo y no pude más que darle un abrazo. Aquella tarde fue hermosa, y más hermoso fue el momento en que pudimos tocarnos: él rozo mi hombro y yo toque su pierna.

Perdón, pero hace rato quería hacer esto- le dije mientras hurgaba en la rotura de su jeans. Se puso rojo, le hice un guiño con el ojo como cuando de noche coquetean los extraños. La tarde terminó rápido y todo en Granada se ponía rojo, en el parque central las aves buscaban sus nidos y aquella danza de pájaros me enloquecía, el ruido, las campanas de la catedral, la gente en los kioscos, sus ojos redondos y cafés, sus manos estilizadas de hombre fuerte. Me sentía como un extraño en la noche, en la noche loca de los besos ágiles. Nos despedimos.

La ciudad era él, él era la ciudad. Su pasión por la belleza helénica me trasladaba a las columnatas que adornan algunas casas granadinas, esa sensación cosmopolita, de hombre que conoce el mundo, de gustos refinados, de intelectualidad elitista me enamoraba. Poco a poco lo fui sintiendo cercano, igual que se me fue acercando la ciudad. Tenía en sus memorias una escasa vivencia de la guerra revolucionaria, como los escasos monumentos, placas y nombres que le sobreviven a Granada. Tenía ese brillo en los ojos como el atardecer reposado sobre las tejas de la ciudad.

Después de esa tarde nos vimos un par de veces más, dormimos juntos algunas noches pero de esto no voy a hablar, me lo reservo como guardo los instantes fugaces en los que he sido muy feliz. Una tarde me dijo: vení te voy a llevar a un lugar especial- comenzamos a caminar una calle empinada, llegamos a un sitio muy alto, a la derecha el Mombacho se veía apacible, al frente se desplegaba un escenario colonial y a lo lejos el imponente lago señalaba el camino de las nubes de agua. La tarde se ponía sobre nuestras miradas, sobre mis ojos enamorados, le dí un abrazo y escribí esto: Atardecer granadino de rojos deslizados en el cielo. En lo alto nuestras manos de hombres juntadas por un instante. Su pecho arisco y mis brazos largos. Un instante para despedir el día, para besarnos y anunciar que llega la noche. Sus ojos tiernos y mi sonrisa llena de sus atardeceres venecianos.

Lo conocí el año pasado y quizás esto pudo ser una historia de amor. Ahora escribo esta nota, no sé por qué la escribo, quizás porque a veces cuando escucho Strangers in the night  de Frank Sinatra lo recuerdo enormemente. Quizás yo sea una loca romántica que se resiste a creer que los amores deben ser fugaces, quizás yo sea una loca romántica que al escuchar la canción cierra los ojos y se imagina una escena nocturna y lluviosa mientras  los dos extraños se besan en la noche.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Citylights



Bárbara pegó su cara pálida a los barrotes de hierro y miró a través de ellos. Automóviles pintados de verde y de amarillo, hombres afeitados  y mujeres sonrientes, pasaban muy cerca, en un claro desfile cortado a iguales tramos por el entrecruzamiento de lanzas de la reja. Al fondo estaba el mar.
Dulce María Loynaz

Nace la noche y los pájaros se acomodan en los alambres eléctricos de la ciudad. Sobre el asfalto ruedan los carros blancos, grises, rojos y azules como en una novela Loynaziana. Yo, igual que Bárbara, asomo mi cara entre los barrotes urbanos de Managua. Al fondo la cordillera de Chiltepe es iluminada por la sombra azul, morada y naranja del cielo. Está naciendo la noche y la cordillera aguarda en silencio, expectante, espera que se enciendan las luces de la ciudad. Mis ojos van rebotando sobre los letreros que anuncian el Black Friday, la nueva velocidad del internet móvil, los recetarios con más de 60 platos navideños. Me siento en una novela lírica.

De pronto, en un suspiro, se encienden las Citylights. Sobre la calle se despliegan amarillas, rojas, azules, rosadas, verdes las luces de los árboles de la vida que nos recuerdan la proyección neorevolucionaria sobre la ciudad. Está naciendo la noche y me doy cuenta que estoy en el segundo piso de Plaza Inter. Ahí con la cara pálida de loca tercermundista veo encenderse la ciudad.

Me deslizo hasta la luz del baño de HOMBRES. El letrero rojo me lleva a entrar por la puerta: a la derecha los lavamanos con espejos, a la izquierda los urinarios, frente a estos los inodoros con puertas. Y en el ambiente se dibuja el olor a desinfectante barato, orines, perfume y mierda. Estoy en una novela lírica.

Desde el espejo sucio del lavamanos se pueden ver los urinarios y los hombres de pie. Agitan sus penes discretamente, se ponen duros, erectos, infernalmente llenos de sangre. Los glandes de cualquier desconocido pueden percibirse por la mirada discreta de la loca que con su cara pálida observa la ciudad. Veo otro hombre enrollando y desenrollando el papel higiénico, como en una danza eterna que mata el tiempo y contabiliza el desfile de hombres que entran y salen del baño. Me lavo las manos lentamente mientras los hombres, de pie en el urinario, tocan sus penes infernalmente duros. 

Afuera las citylights huelen a navidad, a ofertas, a descuentos, huelen a niños en el centro comercial, a mujeres que compran en el centro comercial, a hombres que caminan en el centro comercial. Nadie supone que los tipos en el urinario han desabrochado sus pantalones y sus vellos negros, de macho, son iluminados por las luces que se reflejan en la saliva. Afuera las citylights iluminan el uniforme del cpf, de la muchacha de Claro, iluminan la barba de Santo Clos y el trineo con renos de poroplast.

Los hombres del urinario han entrado a los baños, uno al lado del otro. Ahora solo son perceptibles sus zapatos negros. Yo me voy al último urinario desde ahí todo es visible. Se sientan en el inodoro y uno coloca la mochila en el espacio vacío que deja ver sus zapatos negros. Entra al baño de HOMBRES un muchacho con uniforme de Calzados Luzma, se cepilla los dientes en el lavamanos desde donde, también, todo es perceptible. 

Disimulo mi presencia mientras estoy de pie. El muchacho Luzma se da cuenta que uno de los hombres que está dentro del baño, se agachó con el pene erecto y lo ha deslizado por la pared que lo separa de su amante desconocido. En ese momento deja de cepillar sus dientes, se mueve hasta el baño y la punta negra de su zapato rebota en la pared mientras dice: salí de ahí hijueputa cochón!. Ahora las luces se vuelven duras, la blancura de la iluminación barata parece una descarga de plomo, estoy de pie en el urinario y ya no me sale más orine. 

Las cytilights iluminan el uniforme del cpf que camina, haciendo sombras, hasta el baño de HOMBRES. Entra y mira al muchacho Luzma, este sigue con su zapato negro empujando la puerta, sigue la insistencia: salí hijueputa cochón!. El tipo de al lado sale, nervioso, pálido, como si él también hubiera pegado su cara en los barrotes urbanos de la ciudad. El cpf le estrella el puño en la cara y cae al suelo como en esas películas modernas donde los edificios colapsan. El muchacho Luzma estrella la punta negra de su zapato sobre el edificio desplomado, ahora viene la sangre que se desliza hasta los temblorosos zapatos del otro tipo que se quedó encerrado en el baño. Yo me quedo invisible, de pie, mirando. No cabe duda, estoy en una novela lírica.
El muchacho Luzma y el cpf salen del baño, el que está encerrado espera unos segundos, la sangre llega hasta sus zapatos. Abre la puerta, mira al suelo y huye. Después de él sigo yo. Las citylights iluminan mi rostro y me siento culpable, sobre mí pesan los miles que kilowatts esparcidos en el piso, sobre mí pesan las gotas de sangre del cuerpo tirado en el suelo. A mi lado pasa el tipo que limpia pisos, lleva su carrito en dirección al baño de HOMBRES.

Afuera la city moderna ilumina las huellas que voy dejando en el trayecto, mis zapatos embarrados de sangre se dirigen a la parada de buses. Tiempo después aparece el hombre del baño, su cara hinchada con rastros de sangre me hace reconocerlo. Las citylights ensombrecen su rostro. Yo tomo mi bus, él toma su bus…

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La noche


Quiero tragar semen- pensaba mientras daba vueltas en la cama. Aquella noche él solo quería sentir el sabor del esperma disolviéndose en la boca. Estaba harto de todo y la noche caía imperiosa, negra. Caía  como esas noches que se escurren en el cielo urbano de Managua, noches tristes y pesadas como las pupilas de Dios. 

Quiero tragar semen- volvió a decirse, se levantó de la cama y fue a la televisión. Pasó el canal, pasó el canal, pasó el canal, estaba harto de ver en todos los canales la cara de Vilma Núñez recibiendo denuncias, denuncias, denuncias. Estaba harto de ver como se le llenaban las arrugas con las voces de otros. ELLA la mediadora, Miss CENIDH, ELLA hablando de dictaduras cuando lleva años sentada en la misma silla. Aquella noche estaba harto y la televisión no era una salida. 

Fue a su computadora, la abrió, el Facebook lo salvaría!. Se equivocaba. Parecía que todxs pensaban igual aquella noche, parecía que todxs se hubieran puesto de acuerdo para responder a la maldita pregunta de Facebook. Todxs hablaban de los árboles de la vida; que si son amarillos, que si son multicolor, que si gastan millones de córdobas en energía, que si con uno de esos le compramos 10 mil casas a los pobres de la tierra, que si mandamos a 10 mil niñxs a la escuela, que si con ese dinero rescatamos Bosawas, que si con ese dinero le pagamos a una médium para que le pregunte a Sandino qué está pensando?, que si con ese dinero le pagamos un crucero a la pareja presidencial y le ponemos una bomba al barco, que si con ese dinero Arnoldo y la María Fernanda se terminan de hacer sus múltiples cirugías estéticas, que si esto, que si lo otro, que si adelante, que si atrás. Aquella noche estaba harto y pensó que todxs deberían encadenarse a la fuente de la rotonda Rubén Darío, que gastaba miles de litros de agua desde que se inauguró. Aquella noche estaba tan harto que pensó que todxs deberían subir en una caravana masiva hasta la laguna de Tiscapa y llorar porque la casa del presidente Juan Bautista Sacasa se fue a la laguna en el terremoto del 72. Pensó que todxs deberían ir a la rotonda de Chávez, quitarse la ropa, fumar marihuana, poner a los Beatles o a cualquier músico que provocara la histeria colectiva. Pero eso no solucionaba su imperioso deseo.

Quiero tragar semen- pensó en hacerse un selfsucking, pero su espalda no era tan dócil como en las películas amateur del xtube. Además no le convencía la idea de tragar su propio semen, quería otro, el de cualquiera, conocido o desconocido, salado, ácido, dulce. El semen lo hacía olvidar todo. Entonces decidió vestirse e ir al cine porno pero recordó que estaba harto de la misma película, estaba harto de las tetas brillantes de Lucy, de los 12 negros que le hacían gang bang, de la leche blanca de los 12 negros sobre los pezones decolorados de las brillantes tetas de Lucy. Y del pinesol en el baño, y del chocorrón casado, y de la loquita mamona, y de la loquita jubilada, y de pagar 50 pesos, y del tufo a sajino… y de la oscuridad. Entonces abrió la puerta de su casa y salió a la calle.

Quiero tragar semen- se sentía como una loca robocop, como una anti motín sexual, solo que aquella noche no quería reprimir a nadie. Salió de su barrio y el arco en la entrada le recordaba su herencia revolucionaria: Barrio Comandante Carlos Núñez Téllez. Así quedo Carlos, estampado en la entrada principal de cualquier barrio de Managua, allí llenándose de sarro, mientras abajo aúllan de hambre los perros. El cauce arrastra toda la mierda de la ciudad y el nombre de Carlos allá arriba, como una reina de carnaval saludando a la calle. Siguió caminando y observó una pinta en la pared: NO AL CANAL. Él quería un canal, una zanja grande, llena de semen, una zanja donde cupieran todos los hombres del mundo: negros, blancos, altos, bajitos, gordos, flacos, musculosos, todos los hombres del mundo como los pobres del comunismo, los quería a todos. Siguió caminando y había llegado ya a la Residencial Las Mercedes, las casas ya eran distintas a las de su barrio. Eran las antiguas casas somocistas.

Llegó a la esquina y en la calle no había nada, no había nadie. Ni un transeúnte borracho que por unos pocos pesos se la deja mamar, ni un pandillero, ni un cpf, ni un machito casado que se desliza en la oscuridad de la noche tapándose la cara con una gorra. Ya era tarde para entrar en el baño de cualquier centro comercial y atacar la primera polla sacudida, ya era tarde. Así que decidió volver a casa. De pronto se sentía vacío, como una loca tercermundista varada en medio de los barcos fantasmas de la bahía de Chittagong. Se sentía vacía, latinoamericana, híbrida, comunista, liberal, nacionalista, perra, cochona, sucia, yegua, montonera, momia, facista, clandestina, burguesa, católica, evangélica, atea, teóloga de la liberación, mediocre, aristócrata, azul y blanco, roja, drag queen republicana, terremoteada, guerrillera, contra, basurizada, somocista, pinochetista, peronista, neoliberal, blanca, criolla, negra, Pocahontas de Disney ,indigenista, indígena, indigente. Adentro en su cama se sentía joven, mierda, nada, vacía… afuera caía espesa y negra la noche.

sábado, 4 de abril de 2015

Cartografía del deseo: Managua, espacios en fuga

La memoria maricola es tan frágil en el cristal de su copa vacía, su vaga historia salpica la ciudad y se evapora en la lujuria cancionera de su pentagrama transeúnte.
Pedro Lemebel

Como un punto y aparte nosotras, las locas revoloteadas en aires citadinos, hemos construido una historia paralela en esta geografía urbana. Muchas veces camufladas en la noche diseñamos nuestros propios espacios al margen de la historiografía ortodoxa de la capital: Managua. Y hemos sido espacio de convergencia silenciosa, pues nuestras propias fronteras han estado siempre abiertas a los ciudadanos que insatisfechos de su discurso heteronormado han decidido, por cinco minutos, entrar en nuestras soledades.

Así hemos construido nuestros espacios en fuga, nuestra propia ciudad inventada en medio de escombros, madrugadas, tacones baratos, hombres de una noche, hemos construido nuestros espacios en fuga a través de las divas que nunca seremos, de los besos que nunca tendremos, del pódium político al que nosotras nos hemos negado. Nos hemos fugado para construirnos a nosotras mismas.

Y disculpe querido lector o lectora si le ofende que me cambie el género y diga ELLA en vez de EL, pero acaso usted en algún momento no nos ha cambiado el Carlos por Carla, el Juan por Juana y el José por Chepita, haciendo una inflexión en la voz que remeda un gemido borroso. Solo hago la aclaración para que no me tilden de loca irreverente que transgrede los derechos de otras en una suerte de quebrantar los márgenes de la discriminación y las buenas normas ciudadanas.

No podría a ciencia cierta decir desde cuando empezamos a ser vistas en la flora citadina de la ciudad, pero en la Managua de antes del terremoto del 72 quedamos para siempre ubicadas dentro de la memoria de la “urbe” que nunca volverá a ser. Aparecimos en las cantinas más famosas del antiguo centro: “El lago de los cisnes” que fue renombrado como “El Charco de los Patos” por nuestra concurrida audiencia, nos fuimos a “La Baranda”, “El Pingüino”, “El Pez que Fuma” y en la avenida Roosevelt merodeábamos de sur a norte esperando a que algún transeúnte solicitara nuestros servicios sexuales. También fuimos buhoneras, gente de negocios, de la calle, vendedoras itinerantes que alimentaban la economía del cotidiano.

Tuvimos, en aquella Managua, mil y un nombres: La Sebastiana, conocida por vender frescos en el oriental y en la calle 15 de septiembre, conocida por sus incomparables ojos azules. La Anita del Mar que llegó a convertirse en la enfermera oficial de los barrios aledaños al Parque Bartolomé de Las Casas, con su caja de inyecciones y un pavonearse ágil. La Chanell o Chanela vendedora de perfumería y cortes de tela. La Guillermina que ocupaba una posición privilegiada al ser la administradora de “El Charco de los Patos”  o Roberto Rapaccioli dueño de la “Tortuga Morada”, bailamos en el “El Mandrake” bajo el nombre de La Reyna del Twist o como La Peruana. Hasta la dictadura somocista tenía una representación en nuestra geografía nocturna: Bernabé Somoza Urcuyo, hijo de Luis Anastasio Somoza Debayle e Isabel Urcuyo. Bernabé fungía como motor económico de muchos de nuestros negocios.

Nos fuimos construyendo nuevas identidades, travistiendo los nombres originales puestos en el seno de la familia, nos fuimos reorganizando y reagrupando bajo la cartografía de la feminización múltiple producida por ser la cara visible de la homosexualidad: El Cochón. Vino entonces el terremoto y hubo una fractura en la materialización de nuestros espacios. Digo fractura porque al final ocupamos los mismos lugares, pero ahora hechos escombros.

Nos sumamos a la efervescencia revolucionaria con nuestras espaldas empinadas hacia el futuro, aplaudiendo en las esquinas los discursos del hombre nuevo, alimentando con nuestras pestañas falsas los ideales de una opción diferente, de una opción nuestra. Algunas de nosotras pudimos insertarnos en diferentes ramas artísticas, ya no nos sentíamos las mismas marginales, ahora éramos dueñas de nuestro propio escenario. Desafiábamos la gravedad de los aplausos en cada giro, en cada actuación, en cada lienzo pintado, en cada libro publicado, fuimos copando los espacios para el arte, pues más que nadie nosotras sabemos construir ficciones para respirar el aire puro del mañana, ocupamos espacios artísticos e incluso subimos al escenario gubernamental. Entonces vino la marca del SIDA y volvimos a ocupar los lugares al margen quedando en la memoria como grandes artistas, ahora de rostro borrado en las esquinas de los hospitales.

Y cuando vino “la paz”, cuando llegó la revolución democrática como máquina arrolladora de memorias, nos recluimos en los escombros de la ciudad y en los nuevos barrios que traía el plan de urbanismo de nuestra Managua. Pero nosotras locas y cosmopolitas trasnochadas decidimos quedarnos, en buena parte, alrededor del antiguo centro. Ocupamos el escenario del antiguo cine Alcázar, que nos lo demolieron en el 94, y ahí nos pensábamos reinas como la Sara Montiel.

Casi en medio de aquel antiguo centro construyeron un faro que vendría a alumbrar nuestras noches desvalidas: El Faro de La Paz, que se convirtió en nuestra luz en medio de la oscuridad, pues nosotras y nuestros clientes nos mezclábamos en plena madrugada con el recuerdo de las armas enterradas. Aquel lugar nos sirvió de refugio, aunque aparentemente era solo un adorno en medio de todos los escombros circundantes. Un adorno que venía a materializar un ideal inalcanzable: la reconciliación.

Luego vino la nueva era, vino la tecnificación y concurrimos a las inauguraciones de nuevos centros comerciales, de nuevos espacios que nos servirían de refugio. Ya no éramos las mismas, ahora devenimos en locas jóvenes sedientas de cyber citas y encuentros casuales. Sedientas de encontrar en ese abrazo fugaz el hombre con quien compartir nuestros sueños. Y en el centro comercial ocupamos el baño como lugar de asedio, como espacio al margen donde no entran las señoras que compran todo, como espacio al margen donde la fuga se hace posible, donde el vigilante se hace el de la vista gorda y entra al juego por una mamada, el espacio en fuga donde la loquita de la secundaria se da cita con el tipo de la oficina, tipo de bigote y casado que le brinda un espacio breve a la delgada figura de su mancebo.

Y mientras en el Food Court los niños lamen sus helados, nosotras nos agachamos ágiles por la pared del baño, por la pared breve que nos separa del otro cuerpo, del otro inodoro donde nos espera sediento el brillante glande de cualquier desconocido.

También en nuestra memoria citadina hemos recurrido al cine, al arte del siglo XX, para hacer nuestra realidad un espacio más confortable. En nuestras memorias urbanas quedan para siempre inscritos el cine González, el Margot o el Salazar, nosotras habitamos y habilitamos espacios porno como lugares paralelos donde no hay fachadas, donde no hay frases hechas, ni posturas impostadas, todo es oscuridad y en la pantalla del Cine Trébol en Bello Horizonte, del Cine July en la Centroamérica o del Cine Palace de Cristo de Rey se proyectan películas en las que no importa la dirección de arte, ni la actuación de los protagonistas, de hecho ni siquiera importa la película, lo más importante para nosotras es que aquí todas somos iguales y no es inconveniente si a la salida nadie se conoce, es como que si nunca nos hubiéramos visto, todas sabemos las reglas del juego.

Entramos en ese espacio lúdico en el que estamos conscientes del placer como válvula de escape, porque aunque usted no lo crea querido lector o lectora a nosotras también se nos ha enseñado que cualquier hueco es trinchera y en medio del hedor a mierda, del incontenible olor a pinesol, del humo a cigarrillo barato y el satisfactorio olor a macho sudado nos convertimos en bestias sexuales, en máquinas sedientas del líquido blanco, del líquido puro que nos apacigua la noche.

Al rodar la película nuestras soledades se atenúan, no somos rechazadas como en el Grindr o en elchat.com por ser locas o porque se nos nota el cochonear, ahí dentro no importa. Y vamos a la captura de cualquier glande sacudido mientras la película muestra las brillantes tetas de Brittany o Sara o Lucy, vamos a la captura de la sífilis, del VIH, del herpes y es como si no nos importara, en medio de aquel lugar insalubre los gemidos producidos por el chupeteo de los labios sobre la cabeza del pene henchido de sangre son más importantes que cualquier cosa. Con ese chupeteo glande nos vamos llenando los huecos que nos ha dejado la vida, nos vamos llenando los atardeceres sin unos labios que besar, nos vamos construyendo un espacio desde nuestras mismas decisiones.

Y así transcurren nuestras vidas al margen, nuestras maneras de reinventarnos la ciudad desde otras aristas. Ahora con la nueva oleada de la lucha por los derechos del hombre y la mujer somos utilizadas como pantalla, como bandera en los incipientes desfiles del orgullo gay realizados en cualquier avenida de la ciudad, quizás ese día sea el único que nos queda para salir y gritar que “somos libres” que “tenemos derecho a la diferencia” y después nos vayamos a nuestras fronteras, mientras los organizadores del evento ocupan cargos travestis en las ONG y lucen sus camisas hollister con la gaviota tatuada en el pecho en signo de libertad o lucen sus camisas con el emblemático Polo gringo vendiendo sus culos al mejor postor, a la ideología que mejor le convenga, al donante que mejor desembolse.

Quizás sigamos de pie en la noche en el final de la Avenida Bolívar, ahí con nuestros tacones serenados a los pies del Hospital Militar , ahí luchándonos la vida en lo que fue la Avenida del Porvenir, la calle que sería sinónimo del progreso para nuestra ciudad.  Quizás nosotras mismas nos condenemos a seguir ocupando estos espacios como si el micrófono político nos fuera vetado de por vida, quizás nosotras mismas nos condenemos siempre a este margen. Tal vez nosotras las locas con tacones y lentejuela, seguiremos construyendo nuestra Managua gay, nuestros espacios en fuga.