lunes, 2 de mayo de 2016

Strangers in the nigth



Mi amigo me invito a tomar café y compartir con unos amigos suyos, había terminado un evento de literatura y como no tenía nada mejor que hacer decidí acompañarlos. La mesa cuadrada, como las mesas chic de los cafés chic de una ciudad que se esfuerza por ser chic: Managua. Él frente a mí, como si el azar me jugara una buena partida, como si el azar existiera realmente. Sus ojos redondos y cafés me ponían nervioso y me sacaban una sonrisita tonta, no podía verlo de frente entonces decidí no ser evidente y mejor invertir mis esfuerzos en discutir con otro en la mesa. Mientras discutía él no me quitaba los ojos de encima, yo me sentía nervioso.

Pidió té y pay de limón, y mientras yo peleaba por la transición democrática de los años 90 y por las borraduras y los silencios que aquel proceso había provocado en el país pedí un café. Y vos que haces- me preguntó de pronto, yo sonreí pues ya sabía que él había roto el hielo: hago teatro, teatro de títeres- respondí serenamente para esconder mi desvanecimiento romántico, era la primera y la última vez que lo vería. 

Vos que haces?- pregunté y después tomé un poco de café. 

Soy escultor- respondió y yo rápidamente noté sus manos que sostenían la taza de té y la llevaban a su boca. En ese momento todo me pareció perfecto, los ojos, los lentes de borde negro y las hermosas manos fuertes que sostenían delicadamente la taza, el climax vino cuando sonrió. No quise ser evidente, tan evidente, así que volví de inmediato a mi discusión. La tarde terminaba rápidamente y las tazas se quedaban vacías. Nos despedimos.

Tenía la sensación de que todo comenzaría y terminaría aquella tarde, pero a las semanas recibí su solicitud de amistad en el facebook. Intercambiamos un par de mensajes, nos fuimos acercando tímidamente hasta que le confesé lo que había sucedido en mí aquella tarde que nos conocimos, como dos extraños en la noche.

Me invitó a Granada, a que fuera a visitarlo y tomar algo y caminar por la ciudad. Aunque adoro las ciudades a veces me aterra salir de Managua, esta ciudad que domino se me hace tan romántica, tan nostálgica, tan sutil. Al final accedí. A los días tomé el interlocal y partí a la ciudad que vio nacer a mi familia materna. 

Después de pasar el paisaje verde llegué a la ciudad, todo me parecía extraño: las gentes, los colores, las formas, las calles, los nombres, los olores, todo me parecía tan distante. En ese momento me sentí estremecido por el tiempo y la ciudad. 

No sé dónde puta estoy, creo que me bajé después o antes, no sé vení salvame- le dije por teléfono, hace breves segundos me había peleado con un mendigo que me pidió un dólar.

Ya estoy cerca- me dijo y yo me impacienté. Llegó con su camisa exquisitamente blanca, sombrero blanco, jeans, tenis y gafas oscuras. Me puse nervioso al verlo y no pude más que darle un abrazo. Aquella tarde fue hermosa, y más hermoso fue el momento en que pudimos tocarnos: él rozo mi hombro y yo toque su pierna.

Perdón, pero hace rato quería hacer esto- le dije mientras hurgaba en la rotura de su jeans. Se puso rojo, le hice un guiño con el ojo como cuando de noche coquetean los extraños. La tarde terminó rápido y todo en Granada se ponía rojo, en el parque central las aves buscaban sus nidos y aquella danza de pájaros me enloquecía, el ruido, las campanas de la catedral, la gente en los kioscos, sus ojos redondos y cafés, sus manos estilizadas de hombre fuerte. Me sentía como un extraño en la noche, en la noche loca de los besos ágiles. Nos despedimos.

La ciudad era él, él era la ciudad. Su pasión por la belleza helénica me trasladaba a las columnatas que adornan algunas casas granadinas, esa sensación cosmopolita, de hombre que conoce el mundo, de gustos refinados, de intelectualidad elitista me enamoraba. Poco a poco lo fui sintiendo cercano, igual que se me fue acercando la ciudad. Tenía en sus memorias una escasa vivencia de la guerra revolucionaria, como los escasos monumentos, placas y nombres que le sobreviven a Granada. Tenía ese brillo en los ojos como el atardecer reposado sobre las tejas de la ciudad.

Después de esa tarde nos vimos un par de veces más, dormimos juntos algunas noches pero de esto no voy a hablar, me lo reservo como guardo los instantes fugaces en los que he sido muy feliz. Una tarde me dijo: vení te voy a llevar a un lugar especial- comenzamos a caminar una calle empinada, llegamos a un sitio muy alto, a la derecha el Mombacho se veía apacible, al frente se desplegaba un escenario colonial y a lo lejos el imponente lago señalaba el camino de las nubes de agua. La tarde se ponía sobre nuestras miradas, sobre mis ojos enamorados, le dí un abrazo y escribí esto: Atardecer granadino de rojos deslizados en el cielo. En lo alto nuestras manos de hombres juntadas por un instante. Su pecho arisco y mis brazos largos. Un instante para despedir el día, para besarnos y anunciar que llega la noche. Sus ojos tiernos y mi sonrisa llena de sus atardeceres venecianos.

Lo conocí el año pasado y quizás esto pudo ser una historia de amor. Ahora escribo esta nota, no sé por qué la escribo, quizás porque a veces cuando escucho Strangers in the night  de Frank Sinatra lo recuerdo enormemente. Quizás yo sea una loca romántica que se resiste a creer que los amores deben ser fugaces, quizás yo sea una loca romántica que al escuchar la canción cierra los ojos y se imagina una escena nocturna y lluviosa mientras  los dos extraños se besan en la noche.

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