martes, 7 de febrero de 2017

Familias, migraciones y luchas políticas.

Escribo hoy desde la tristeza y la esperanza, desde la rabia y el amor, desde la decepción y la ilusión. Escribo esta mañana de febrero desde un torbenillo de sentimientos encontrados. Escribo esta mañana de febrero desde el YO real y no desde el desdoblamiento literario. Quizás este escrito público sea uno de los que más conflictos internos me han traído y quizás me traiga otros externos.

He pensado que asumirme abiertamente homosexual me ha traído muchos pro y muchos contra. No es fácil plantearse una lucha política y asumirla desde la teoría y la práctica, asumirla desde las ideas y el cuerpo. Las locas, cochones, afeminados, pájaros, jotos, puñales, vivimos día a día diversas migraciones que nos hacen personas con múltiples posibilidades de transitar. Devenires opinarán muchos, migraciones prefiero llamarlo yo. Gracias a la lucha de otras locas, cochones que se agenciaron en el pasado espacios contra viento y marea, las locas tenemos lugares más visibles en nuestras sociedades. Hemos empujado y encontrado espacios desde donde enunciar nuestros discursos que a veces incomodan y otras se acomodan al poder.

Anoche mientras revisaba mi Facebook encontré que una de mis tías más amadas compartía la noticia donde Donald Trump firmaba una orden que quitaba recursos económicos a la lucha LGBT en EEUU. De pronto, quizás sin razón, sentía que algo dentro se rompía. No solo por la acción de Trump sino por el gesto de que esa familiar compartiera esa noticia con orgullo y proclamando el nombre de Dios, su Dios. En ese momento hice un flashback y pensé en la relación con ella, nuestras conversaciones sobre salud sexual, sus confesiones más tristes que giraban en torno a sus soledades y mi apoyo a su decisión de rehacer su vida junto a un hombre que apenas conocía. Mi apoyo a su derecho a ser feliz mientras toda la familia la condenó.

En ese momento pensé en las dicotomías familiares de saberme y ser afeminado en el seno familiar desde niño. Los silencios de mi madre, los intentos de mi tío por meterme a alguna actividad física como boxeo o defensa personal, los comentarios de hacerme una cura de sueño, la infinita preocupación de mi abuela cada vez que en la televisión aparece un caso de asesinato hacia algún homosexual, su preocupación porque yo regrese a la casa vivo y su insistencia porque yo lo disimule para evitar la burla de la gente. También pienso en la maestra que una vez se bajó de mi recorrido, me acompañó hasta mi casa y habló con mi madre, le decía que yo tenía problemas que era cochoncito y que eso no era correcto, que me buscara un psicólogo.

Expongo todo esto y pienso que no me ha ido tan mal, al menos nunca en mi casa llegaron a la violencia física para “curarme del mal”. Y expongo esto no para victimizarme más bien lo digo porque el feminismo me ha enseñado que lo que no se nombra no existe. El teatro y el arte de la palabra también me han demostrado esto. Escribir desde el dolor y la decepción es algo recurrente en nosotras las locas y no es para dar lástima, sino que necesitamos enunciar estos discursos que pesan sobre nosotros. En mi caso algunos gestos familiares me duelen rotundamente, pues uno busca en esa familia, en ese círculo humano que lo ve nacer y crecer el apoyo primigenio. Quizás ese instinto animal de recurrir a la manada lo hace volver a la familia. Y es duro, difícil, desaprender y darse cuenta que con ciertos gestos esa manada te obliga a migrar.

Las locas migran, migramos siempre. De género, de performatividad, de enunciados, de país, de ideas, quizás esto nos convierta en seres más humanos pues ha todxs en nuestras vidas nos ha tocado irnos y buscar otros espacios. Cuando migra de la familia carnal, sanguínea, genética, encuentra otras posibilidades de abrazos, de gestos afectivos. Encuentra la posibilidad de compartir con otros seres humanos. Para nosotras las locas, cochones, pájaros, putos, jotos, puñales, maricones la familia afectiva es, casi siempre, más importante. En esos rostros y esas pieles unx va encontrando ese alguien con dialogar, con quien cargar la mochila para hacerla más pesada, con quien transitar caminos, ideales, aspiraciones y también frustraciones.

Desde que tomé conciencia y me interesé en convertir mi postura abiertamente homosexual en una lucha política donde pongo día a día las ideas y el cuerpo he encontrado un sinnúmero de personas que están conmigo en este camino. Nombrarlas sería tedioso y quizás extenso. Sin embargo, creo que a pesar de las soledades múltiples que a unx lo acogen siempre hay gente con quien compartir la vida. Esa gente, ese gueto, ese mundo, me lo he construido a cada paso, en cada momento de debilidad o de fortaleza.

El barrio y mis amigas de adolescencia fueron las primeras personas con quienes hice manada. En esos escapes y conversaciones, en esas salidas, en esos consejos que a la distancia pueden parecer cursis pero que en aquel presente fueron importantes en extremo. Después el colegio y el descubrimiento de un mundo marginal, donde los más machos del aula me protegían a cambio de que les explicara las clases o que les ayudara en las tareas. Mis amigas fuertes de la secundaria que guardaron mis secretos, mis primeros amores, “nuestra primera vez”.

Luego el mundo del teatro y la agrupación que me acogió hace ya diez largos años. Ese grupo que ha resultado mi mayor apoyo en los últimos años. Gente con la que comparto el día a día, el amor, las tristezas, los momentos tensos y los de rélax. Gente que se ha convertido en ese otro núcleo afectivo que viene a ser padre, madre, hermanxs. Después la academia. Recuerdo con tanto cariño las veces que en mi estadía en Cuba, el director de la carrera y mi maestro me decía: Davicito cuídate que la calle está mala.- En esa Cuba de ideales múltiples también se abrió mi sentido político y de lucha. Aprendí tanto de la parametración, de las tristezas, de los testimonios de aquellos que me abrían las puertas de sus casas, de sus oficinas, de sus tabloncillos de ensayos para contarme sus historias, para demostrarme que desde el arte había un mundo posible donde uno se podía enunciar de diversas formas.  Y claro, mi familia cubana. El padre que me decía que yo el hijo decorador de interiores que la vida le había negado. La madre que siempre estuvo pendiente de mi salud, del hambre que podía o no tener. La hermana que me protegía con sus muertos y con toda la fuerza de la isla que le corre por las venas.

Por supuesto no puedo dejar de mencionar al amor. Esos hombres que me han acompañado y me han enseñado tanto. Personas que directa o indirectamente han dejado huellas en mi vida. Y también las hemanas y hermanos de las luchas nuestras de cada día.

Así las locas nos vamos construyendo un mapa subjetivo que no está alejado de la realidad de muchos otros humanos. Pero quizás este itinerario afectivo pese mucho más en nuestras vidas. Quizás si la gente entendiera que no utilizamos el culo solo para dar o recibir placer, quizás si la gente entendiera que también cagamos podríamos dialogar de eso que nos hace iguales.

“Uno no tiene necesidad de decir cosas tristes, uno tiene dolor de decirlas” como versa un poema de mi amigo cubano Fabián Suárez. Pero esas tristezas a uno le van acomodando la vida y asume con mayor esfuerzo y reto la lucha política que significa ser loca, cochón, puto, joto, marica, pájaro. Escribo hoy desde la tristeza y la esperanza, desde la rabia y el amor, desde la decepción y la ilusión. Escribo esta mañana de febrero desde el YO real y no desde el desdoblamiento literario. Escribo esta mañana por la necesidad de escribir.



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